LA SENSIBILIDAD DE LAS BESTIAS

Sin duda, torear es dominar al animal, pero es también, y a la vez, una danza ante la muerte, se entiende, ante la propia muerte.

La Caza y los Toros, José Ortega y Gasset

 

Entre la ignorancia y la estupidez, cuya delgada frontera es sólo la voluntad de ignorar, me quedo con la inocencia de la primera, la inocente convicción de que todo es complejo e intrincado, y que mi limitado conocimiento, me puede liberar de la perversión del obrar justamente.

Un hombre que se sabe ignorante es un hombre justo.

Dentro de la fauna de la estupidez relevante, la que prescribe e influye sobre los demás, la intención anti taurina ha llamado especialmente mi atención; y no por su causa, que es noble y desinteresada, no. Lo que ha llamado mi atención es la estrechez intelectual con la que defienden sus intenciones, y no digo el insulto y la animadversión que buena falta les hace para enfrentarse al argumento y a la razón. Lo que subrayo, no sin cierto desconcierto, es el convencimiento tajante, de que para debatir u opinar sobre una práctica, mixtura de teatro y realidad, de figuración y plasticidad, es absolutamente innecesario comprenderla.

La estupidez es precisamente eso, la creencia sentimental de que es moral y legitimo no comprender, ni tener el menor reparo en hacerlo, al momento de opinar. Por no decir el peligro de legislar a partir de convicciones personales.

Fiel al lenguaje, el hombre pensante, desde siempre, en lo policial militar, pasando por lo político, lo científico y lo artístico, se ha ocupado de comprender aquello que despierta las razones de su obrar. La amputación espiritual anti taurina es tal, que me sugiere, que cualquier operación mental se ve inhibida, y en adelante disminuida, cuando está sometida a un efectivo adoctrinamiento visual y emocional. Un sistema de propaganda medieval que arrastra las profundas frustraciones sentimentales de seres que no comprenden lo que ven, simplificaciones emotivas, afrentas sensibles y comparaciones pueriles, como toda panfletaria que acaudilla a los peatones del tiempo libre para sus más emotivas causas. Los aficionados taurinos saben muy bien esto, que es inútil argumentar frente a la propaganda, porque para discutir se necesitan al menos dos seres racionales. Cualquier discusión es inútil, no hay forma de razonar ante la sensibilidad de las bestias. No hay razón que pueda valer cuando está en juego la idea de un mundo mejor, de una civilización que no necesita comprenderse ni tolerarse.