La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Categoría: reflexión

ESTETICA DEL AMOR

Nunca amamos a nadie, amamos solamente la idea que nos hacemos de alguien, nos amamos a nosotros mismos por medio del otro. En el amor sexual, o cualquier tipo de amor, buscamos el placer propio que nos da el estar con otro.

FERNANDO PESSOA

Imagino con inteligencia los tres niveles de ese hecho estético que constituye  la unión de dos seres humanos: sexo, amor e intelecto. Imagino también  en ese inflexivo ordenamiento de la vida, un reflejo de los tres planos que constituyen al ser: cuerpo, alma y espíritu.  Todo caos, cuando no sufrimiento, es la infructífera intención de esperarlo  todo de un mismo ser  y al mismo tiempo. Tal es la naturaleza de los relacionamientos, cuando no un reflejo de nuestra naturaleza, que aquel inquieto y agobiado espíritu, con suerte, se limitará a equilibrarse entre lo sexual y afectivo, sacrificando su espíritu intelectual, para una solitaria vida interior.

Para el ser culto y sensible la plenitud que trastoca  a la felicidad vive en el equilibrio racional de estos tres planos.

Dejando al plano sexual como un simple funcionamiento sensorial merecedor de otro tipo de análisis, el afectivo consiste en el común imaginario que toda la literatura se ha propuesto glorificar. El complejo fenómeno del apasionamiento se parece a la cristalización de un inculcado imaginario interior y de aquella memoria afectiva que es el alma. Ortega y Gasset postulaba que la pasión es un defecto del alma, por la cadena de sucesos infaustos que se auto flagela cuando no es correspondida.

El alma, al estar entre el cuerpo y espíritu, es femenina y platónica, es sensibilidad pura y pasiva, atormentada por el embrujo sensorial del cuerpo se fortalece o es débil, es intuición, emoción y subjetividad. El espíritu es varonil, masculino, actúa y es fuerza, mas conectado al intelecto y a las razones puras, es místico y  la relación más elevada con el todo, es la excelsis del ser que puede ser débil o indómito, es metafísico y aristotélico. 

El arte lo es todo, razón y emoción.

El amor intelectual como instancia superior del relacionamiento es el más alto y sublime sentimiento que se puede vivir, y no es de extrañar que sólo una élite espiritual llegue a vivir esta maravillosa manifestación humana. El amor por la virtud, por lo bello, lo místico, por la belleza en el razonamiento y la estética son las atribuciones de este varonil sentimiento que los griegos evocaron en  el amor al conocimiento. Cuando este sentimiento nace hacia un ser, se produce independientemente del sexo, una atemporalidad en la unión; uniones estas que se declaran libres y jamás circunstanciales. Este razonamiento parece coincidir con la idealización causante de lo afectivo, un amor idealizado no necesita una manifestación intelectual, no hay conversaciones, ni alegres controversias, se asemeja más a un estado de estupidez y de anodadamiento en que la contemplación y el silencio lo llenan todo.

La disfuncionalidad del común de las relaciones, puede ilustrarse como una búsqueda  en una pirámide imaginaria que comienza,  por la fijación física de cánones socio-culturales en la inmensa masa de posibles compañeros sexuales. Escoger o ser escogido, y subir al siguiente nivel es sólo inercia, aquí conspiran pareceres, intimidades, carencias  y contemplaciones.

Nace la pasión  y acaece el hecho estético.

En este estadio el alma es el centro de todo. El propósito de esta especulación es comparar este suceso a la estética que embalsa al artista, hecho que para él es sólo el comienzo, pues ante esta pulsión íntima y suprema el artista, si es verdadero, agotará el desarrollo de todo su talento y todos sus filtros intelectuales para elevarla  hacia una estética superior; para él, la sensibilidad obcecada no puede quedarse ahí,  es imperante que la realización se produzca a nivel intelectual, sea cual fuere la disciplina artística, el intelecto no descansará hasta producir ese milagro estético que eleva su propia condición. Cuando obra la estética superior, se reproduce un indefinido dialogo que eleva al alma que la contempla. Esta reproducción es el misterio indefinido de la creación estética.

En el amor, la realización afectiva ha de ser sólo el inicio de la plenitud espiritual.

Regresando a la pirámide, y después del ya reducido grupo de compañeros afectivos, está el sublime y más ínfimo aún grupo de compañeros intelectuales, a estos les está designado el amor más puro, gozarán del triunvirato sexual-afectivo-intelectual, pero además descansaran sus años en el amor libre, el amor inmaculado que no reconoce compromisos, posesiones ni intereses afectivos. Más allá del deseo afectivo, los amantes se realizaran en la creatividad  de sus intelectos, en la mutua admiración y en la evolución consciente y artística. Asimismo y sutilmente, desaparece el derecho toda exclusividad, ya que la elevación del hecho estético puede ajena a cualquier interés afectivo. Esta es la punta de la pirámide, y el paralogismo cultural que envuelve al amor romántico consiste en la infinitésima probabilidad de encontrar al bien amado apuntando desde una abundante masa sexual.

Además de tal sincera equivocación, lo infructuoso del hecho cultural, como casi todo en el amor, es el reducido campo de acción que la sociedad les atribuye a los amantes, la monogamia y la comprobación  no menos sabia de que la poesía siempre le ha cantado a los amantes y jamás  a los casados, conspira contra de la realización intelectual de aquellos. Pareciera que el embrujo y la tormenta claudican en la posesión dejando al los amantes inconclusos.

De cualquier forma, todo despropósito sentimental podrá llevarse en relativa paz en la medida de que el alma consiga razonar y cristalizar su estado.

El día que tú te cases he de ir a verte a la iglesia

para que en tu sacramento haya alguien que te quiera

Así Fernando Pessoa sentencia el desplacer de su autentico amor, sublimando a su alma en fina ironía circunstancial.

Lo que se le atribuye a la novedosa inteligencia emocional no es sino el espíritu que mediante el intelecto varonil obra  sobre el afecto femenil.

La pasión

Lo que corrompe a la pasión es la correspondencia. Sólo el sentimiento no correspondido y no placentero es auténtico y puro.

La pasión correspondida usurpa al placer, y la atención se aboca hacia el yo emotivo y al placer que el amado produce. Esta distracción sentimental decanta en la cursilería y  el capricho, que buenamente es lo que se llama amor romántico.

El amor romántico es ante todo un amor propio

Encuentro exageradamente difícil el sentir por alguien la benevolencia de aquella energía psíquica que puede definir al amor puro. Sea ese alguien o algo el destino de nuestra atención,  lo que confesamos finalmente es el placer propio que aquel cuerpo externo nos entrega. Sea la pasión sexual, el placer estético, o la unión hacia una mujer, lo que me condiciona sentimentalmente es la sensación que todo eso produce en mi, y eso que siento, es lo que el común de la gente confunde en el enamoramiento. Es absurdo pensar que uno entrega todo por el amado cuando lo que está en juego es la sentimentalización de uno mismo. Se llega a usurpar la propia identidad para cautivar al amado.

Sólo el amor despojado de placer es auténtico.

Todo es aporía pasional hasta que el intelecto asuma  la unión, de ahora en adelante, y paulatinamente, la pasión se debilitará en tanto que la fuerza espiritual se incrementa. El futuro de la unión se condiciona a la compatibilidad del intelecto. Lo que suceda con ambos será labrado por sus fuerzas de realización espiritual.

Es así que una estética mal convenida ha glorificado al desorden pasional. Y es así que mal entendida comienza la unión, y así también es que la plenitud llega a coronar a aquellos espíritus superiores.

 

De la salvación eterna

Tengo un sensato repudio por el acto individual y egoísta de buscar la salvación eterna. Esta especie de autoayuda que adormece a espíritus distraídos y necesitados es el bálsamo que venden las modernas iglesias. Muy por el contrario de lo que se piense, un corazón es más valioso por la pureza con la que ejerce la benevolencia, libre de cielos e infiernos eternos, que por el contenido dogmatico que se dictamine en él.

No es moral por tanto ser bueno para ser recompensado eternamente. Todos asesinaríamos  si  secuestrasen lo que más amamos.

El espíritu, que todo lo rige en un hombre, se erige en el trabajo de una vida, en el cuestionamiento de cualquier estructura moral que denote abismos éticos, en el cultivo interior y en la virtud. Un espíritu elevado es consciente de que antes del cielo está la tierra, y que antes de ocupar esa vacancia espiritual está el compromiso de un mundo digno para las generaciones venideras.

Me siento digno de no creer en arquetipos celestiales porque creer en ellos es corromper al corazón, siendo que  no existe entera libertad si se está  atormentado de amenazas.

Antes que la moral está la ética, la manifestación más elevada del raciocinio, razón que libera sobre una moral que reprime. Bien sentenciaron ya que las escrituras no estaban para instruir sino para dominar sin que por esto se desacredite de toda ética a la exégesis. Mas que la interpretación, apunto al adoctrinamiento y al peligro que toda retorica ejerce en los espíritus distraídos, a la intransigencia y el juicio de cualquier otredad que ejercen estos grupos religiosos, sin que claro, ostenten la mayor religiosidad en sus opiniones.

Una ética, que no pudiendo ser dogmatica sino razonada, que desnude a los corazones liberándolos de la mentira y de la hipocresía no puede más que relacionarnos de forma  consciente y auténtica.

La virtud compasiva es algo que debemos admirar de las religiones orientales. La compasión, superior a la bondad sentenciosa, debiera regir toda relación humana, porque muy a diferencia del concepto occidental, que debilita el espíritu ante la miseria,  la virtud compasiva ejerce la benevolencia y la no invasión por sobre cualquier criatura, inclusive ante el poderoso y el rico, cuyo espíritu suele ser débil y perezoso. La compasión aquí no es una debilidad del alma, sino una fuerza espiritual, el anacoreta no se conmueve por nada y todos se vuelve maravilloso ante él.

Una sociedad en donde todos nos dijéramos la verdad podría ser una confusión revolucionaria  pero acabaríamos entendiéndonos y siendo conscientes.

 

De la coherencia de vivir el matrimonio y no creer en él

Intento Socrático

A Armando Robles Godoy

En el ejercicio estético de la evocación hay humana perfección. En ese origen que llamamos pasado, donde intelectuales y afectivos espejos se ponderan, nace el ansia íntima. El deseo, tan inherente a lo imperfecto, acrecienta lo vacuo  y el deseo perpetuo. Todo lo elevado es fútil a la realidad. 

La realidad, tan libre como la muerte, a la que algunos artífices de la videncia espiritual se asomaron a indagarla, instruye sus principios arcanos a demiurgos y ciegos. La realidad encierra un círculo indómito.

Promesas en el corazón de cada hombre refugian su único ámbito existencial. Promesas de un destino ficticio asumen su ironía.

Y es en esta inconexa batalla que el ser  se eleva  sumergiéndose en la pleamar de consciencia.  

Exhortaciones así vindicaron la supremacía de la ilusión sobre la realidad. Coloquio aquel que se estrena en una aparente estupidez,  pero que  evoca inteligencia  en su posibilidad.

No hay perfección sin su sombra, ni realidad que no sufra de alguna utopía.   

Comencemos por precisar que creer en algo es añorar, y que toda añoranza obedece a subjetivas e intelectuales pulsiones de ese íntimo origen que llamamos pasado. El deseo, o la búsqueda, han de  concentrarse en lo carente, o en su defecto, en lo que queremos perpetuar. La realidad, tan libre de creencias o ideales, obedece finamente al palpitar de un inconsciente afectivo, cuando no a una cartografía de percepciones imprecisas que configuran la mente y el alma.

Toda elevada valuación existencial ha de hurgar en el corazón del hombre, acaso motor y nodo entre su espíritu (anhelo) y su alma (sensibilidad), por cuanto esta sublime jurisdicción está libre de todo azar, circunstancias e imposibilidades. Sesgo dictamen seria todo aquel valor humano que resulte de una realidad imperfecta y libre como la desgracia.

Veamos entonces, ¿No es acaso la aparente incoherencia matrimonial el fuego que impulsa los sueños de un hombre que vive y anhela? ¿No ha de ser el ideal una necesaria elevación espiritual para que lo real no ande obscuro e inconsciente? ¿No ha de ser el matrimonio una entera duda que precisa ser vivida, pensada y transformada? ¿No es acaso la rutina un virus matrimonial?

Siendo todo anhelo, una elevación espiritual y por tanto una virtud, y que de esa fisura existencial nace todo lo que humanamente llamamos arte, es pues, esa incoherencia, el ideal que siempre ha de pugnar con la realidad, el ideal de lo perfecto que ha cobijar a la imperfección, el ideal del arte que juega a ser dios con su imperfección.

El Vacío de la Humildad

Sostengo inciertamente que sobre nosotros, pesa un atavismo de amor propio injustificado. Parece que en el común de las consciencias no caben ciertos calificativos coloquiales; y sucede, creo, que en un grupo eventual y más o menos disímil, hay un código (implícito) que más o menos traduzco así: “Se puede calificar a cualquiera, juzgar a cualquiera (ausente) y justificar cualquier hecho con inimaginables razones, pero jamás, jamás, establecer métricas a la ilustración, cultura, intelección y preferencias. De hacerlo, cae un mal sabor, futuras  antipatías, y huellas de mala educación”.

Lo curioso es que estas mismas métricas impías son las primeras luces que resaltan cuando ellos o ellas íntimamente, convienen sus pareceres. Se acepta toda vulgaridad de juicio, siempre y cuando no sobrepase la intimidad o el nivel de ego que colocamos en nuestras preferencias. Las loas son bienvenidas. Puede uno ufanarse de su recetario de logros peregrinos, sus venturas y azares y, hasta cierto límite, gozar de una conveniente admiración, pero atravesado el límite, e iniciada la valorización argumental, peca de pedante. Sépase que este límite rara vez  es atravesado por intelectos mas o menos cultos, pero que de ser el caso, volvemos a las antipatías y al mal sabor que deja la métrica argumentada en primera persona.

No es el caso de sentarse a cenar con sus verdades, tampoco de subrayar lo vulgar, el caso es que tal vacio educativo ha sido colocado debajo de algunas infranqueables máximas en aras del respeto cultural y del entretenimiento. Vacio educativo que bosquejaría bien la humildad y la curiosidad de aventurarse a reelegir estéticas y reacomodarse culturalmente.

Siempre he de sugerir toda valorización estética libre y directa, y hasta revolucionaria, en una atmósfera de humildad ecuménica, humildad que se adquiere a partir de cierto pasado, y se opta como disciplina superior del alma, y que hábilmente desmitificaría las infranqueables tribunas del arte popular y la opinión ilustrada.

 

Felicidad en ti confío

Un auto entrevista acerca de las tres o cuatro cosas que importan (literariamente)

No quiero hacerte daño

No es que no quiera hacerte daño, es sólo que no quiere tener la culpa de ello. Es como cuando nos piden limosna por ejemplo,  no queremos ayudar porque no nos interesa a quien ayudamos, queremos ayudarnos nosotros mismos, a sentirnos mejor ante la miserable realidad. Esa es la verdad: compramos algo de tranquilidad existencial pagando el mínimo indispensable: las sobras; el mezquino atrevimiento del consumo mínimo contra la miseria. No encaramos nuestra mezquindad porque en la mayoría de los casos perderíamos. Sólo atinamos a deshacernos de nuestras sobras porque la miseria nos culpa de tener algo. Y para algunos espíritus excelsos esa culpa no es más que una mancha más. De ahí las generosidades casi siempre falsas, prolongando una injusticia o una desgracia.

Ayuda sólo cuando puedas cambiar algo.

Encarar la miseria humana en toda su complejidad y extensión no sólo es inflexivo, sino intenso e indeleble en el alma,  y en ciertos espíritus superiores se manifiesta en la inacción. Por otro lado, la miseria está, lejos o cerca, está. Y es más un asunto de visión, pues al verla, nos conmueve. No es que haya humanidad o amor, es sólo incomodidad, es decir, no queremos tener la culpa. Pero todos la tenemos, y aún más, sabemos lo que debemos hacer.

Algunos espíritus comienzan férreas empresas para ayudar a la humanidad, otros, se deshacen de lo que les sobra.

Imagina la psiquis que haya visto todas las atrocidades humanas.

Somos lo que vemos.

Regresando, es bastante extraño, que en este efímero nivel de las relaciones humanas, alguien sea tan sincero como para decirte lo que te estoy diciendo: No quiero hacerte daño. Y aún más extraño, que alguien se preocupe sinceramente de lo que te sucede. Y aunque le gustes, su interés no pasará de una incipiente complicidad necesaria  para acercarse a ti. Está más ocupado en lo que le proyectas que en lo que estás sintiendo. Y si te dijo que no quiere hacerte daño, es sólo una advertencia que intenta eximirle de la culpa cuando te haga daño.

Por cierto, tampoco digas -no gracias. No debe agradecerse lo que no se recibe.

Algunos buenos modales que por protocolo, suelen repetirse  en los primeros desencuentros.

Queremos ser felices

Podemos partir por considerarnos seres que únicamente quieren ser felices. Lo que sea que hagamos, para bien o mal, para suerte o desgracia, consciente o inconscientemente, es para ser felices. Este propósito es un tesoro, herencia quizás de espíritus superiores que dejaron, como semillas de sus propias esencias, ésta codiciada conquista. Aunque, más que un tesoro, lo veo como  una facultad en formación, ya que no sólo no lo conseguimos, sino que creamos estructuras que combaten directamente este propósito. Pero ahí no acaba la porfía, hay otro detalle: queremos ser felices y no tener culpa. Este es el mejor plato de fondo. La culpa pondera cualquier pulsión a la felicidad, y de ahí el equilibrio con el que algunos privilegiados enriquecen sus vidas descartando sus culpas infantiles o familiares como capas de piel que deben eliminarse en cada estagio ¹ de la vida.

He ahí el balance : felicidad y culpa. Construimos nuestra propia trampa, caemos, y nos envolvemos más  y más hasta quedarnos atrapados; y todo esto intencionado, con nuestra mejor energía.  Nos empeñamos en ser infelices aunque, como te decía, lo único que nos mueve es el intento de ser feliz. Al menos en propósito. Curiosa sensibilidad humana bastante ilustrada en las relaciones amorosas.

Hay gente que busca ser infeliz pero no de forma consciente. Conscientemente buscan ser felices, mas inconscientemente se auto-flagelan. Son culpas andantes que deambulan en sus propias redenciones. Si vieran sus interiores comenzarían a curarse, pero tampoco quieren hacerlo, temen.

Todos, comenzando por los políticos, los banqueros expoliadores, pasando por los viciados de moda, las diversas tribunas culturales, todos, incluyéndome, queremos ser felices, y para eso hacemos lo que creemos que tenemos que hacer.  No lo logramos en la mayoría de los casos. Ni siquiera por instantes, porque para eso tenemos que escucharnos, escuchar a nuestro inconsciente mudo, y para eso necesitamos aislarnos, lo cual es imposible en este estrépito.

Ya escuche hablar de ese gran tesoro, de esa chispa divina del querer siempre ser feliz hasta en las condiciones más adversas, buscar ese recodo de tranquilidad, de procurar algo de paz. Tal vez sea esto algún instinto que conservamos de un desconocido estado natural que alguna vez fuimos, de una remota santidad.  He ahí porque las religiones más excelsas y antiguas buscan la paz interior.

No somos otra cosa que eso: culpa y felicidad. Desde el mendigo, el santo hasta el presidente de la república.

Ser feliz y culpable ya es una contradicción, puesto que la culpa se adhiere siempre a un efecto dañino.

Pero ahí donde hay una contradicción hay una huella de humanidad.

¿Y los que son felices haciendo infelices a los demás?

No quieren hacer infelices a los demás, sólo quieren demostrarse. Sus estructuras psicológica necesita de la aprobación, del asentamiento, de la complacencia, necesitan verse altos ontológicamente y no dudan en patear todo lo que se interponga; son de una psicológica inmediata y violenta.  Es raro encontrar maldad real. Entrégale a un político la posibilidad de corromperse sin culpa y sin maldad y  lo tomaría de inmediato, lo cual, finalmente dice que su felicidad monetaria siempre fue su pulsión primaria. Su perjuicio es colateral. La mayoría es víctima cultural, no son diferentes a lo que les fue enseñado directa o indirectamente. Ahí vienen las agresivas disculpas de que nuestra naturaleza es violenta y egoísta sin saber que nunca ha sido fácil entender hasta que punto los instintos humanos han sido penetrados por el escenario vital. Quizás los instintos más violentos sean los más vitales, cómo los de protección y sobrevivencia, los que siendo instintos, invalidan cualquier calificativo moral hacia ellos. Ahora, si admitimos que existen ciertos instintos de sobrevivencia, también es cierto que venimos al mundo con chispa divina de la paz, amor y felicidad. Chispa que la mayoría de veces no logra encender nuestra verdadera llama vital.

También en la novela todo comienza por el impulso de ser feliz, tanto de su creador, como sus personajes. Aunque más que impulso creo que nos obsesionamos con eso.

Encuentro que, la mayor volición del mal viene de asesinatos, segregaciones, guerras e injusticias, pero que estos pobres tipos, los políticos, no pueden hacer mucho ni a favor ni en contra. La verdadera maldad no está en la calle ni en la inconsciencia, sino en la fuente de la misma, que está toda pensada para manifestarse en esas crueldades que llamamos sociedad moderna. La peor tiranía, la de los sistemas justos, está en su inhumanidad y poco o nada se puede hacer por cuanto parece ser un sistema maduro. Dudo que sus creadores hayan querido ser felices. Deben haber sido tipos bastante especiales.

Los Estúpidos

Esos también quieren ser felices. Y vaya pasión con la que persiguen tal designio. Estos, a diferencia de los tontos, que por lo general son inofensivos, son peligrosos y poseen facultades y habilidades para ejercer la estupidez en diversos círculos. Quizás, lo que los hace más desgraciadamente inflamables sea la pasión de ayudar a los demás, de sentirse elegidos. Aquí tenemos a la fauna del circo político con sus tribunas culturales, mediáticas y religiosas. Les encanta darse premios entre ellos. Por supuesto que quieren ser felices, de hecho, quieren ser tan felices como su delirio de grandeza y su pasión por ayudar a los demás. Me atrevo a decir que ni siquiera el político –o religioso- más corrupto tendría la alevosía de perpetrar conscientemente todo el daño inconsciente que hace. Están atrapados en sus telas de arañas psicológicas, en sus luchas internas y sus venganzas infantiles; se creen emperadores en el  circo romano que les hemos construido. Dependen definitivamente de todos sus subordinados.

En términos estrictos de autenticidad y de impacto humano prefiero a los criminales.

Criminales

Salvando la inmensa vulgaridad son los únicos seres libres que existen. Y es más, son los únicos que creen en la vida y en un futuro benefactor a sus ideales. Estos tipos no conocen el pesimismo.

Sabrás entenderlo.

Dios

Somos la contradicción de ser sujeto y objeto de estudio. Nuestra incapacidad de Dios es la prolongación de la de nosotros mismos. Somos una consciencia doble que, como dos espejos  frente a frente, se alejan de su propia verdad.

No tenemos sentido. Cuando más lo piensas menos sentido le encuentras. Como dijo Fernando Pessoa: cambiar de religión es perder toda capacidad de religiosidad. Repito, quizás el camino sea volver a esa santidad natural que nos fue arrebatada.

Repito, quizás.

La mala educación

No creas en ningún tipo de educación vendida, ni mucho menos masiva. Estas instituciones bancarias forman monocultivos en todas las mentes de sus clientes. Nos transgenizan culturalmente. Dediquemos nuestras pocas energías vírgenes a cultivar nuestro jardín interior, el cual, al final, será lo único que importe.

Libertad

Esta es cercada por la íntima organización de nuestra voluntad, la cual, es el resultado de nuestra atención periférica que organiza nuestra conducta y es el resultado de un interno labrado emocional que recibimos al crecer. La libertad es mesurable: depende de que tan alto mires.

Podemos ser únicos pero no tan diferentes. Somos tendencias que, aunque habiendo verdaderas psicologías complejas capaces crear universos perfectamente imaginables, no hacemos más que seguir ciertas luces en el camino. Diferentes caminos si quieres, o como diría Bolaño: redundantes, hasta llegar a la redundancia final, a la propia trampa, aquel constructo esculpido de múltiples errores de lectura de esa brújula del alma que es la felicidad.

Y la culpa final: la de querer ser feliz.

Matemáticas

“Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano. Esto no lo digo contra ningún político en particular. Digo en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece singularmente no tener vergüenza. El político en sí no me inspira ningún respeto. Como político.”

Jorge Luis Borges

Un manifiesto, por Luis Daniel

Primero odié a Fidel. Pensaba lo mismo que todo el mundo. Después, no recuerdo como empecé a leerlo, pero era difícil no inspirarme, no simpatizar, no vibrar con sus líneas.

Ahora lo que hay es indiferencia y lógicamente, madurez política. Pero aún no me atrevo a criticarlo. No alcanzo. Por un asunto de perspectivas él se convirtió en un absoluto, en una era, para bien o para mal. Existen gobiernos eras. Nunca se convenció, o mejor dicho nunca lo convencieron. Primero la inocencia, luego la utopía y después la crítica y la abdicación. Fidel se quedó en la segunda. Los tres estagios¹ de cualquier formación política : la inercia, luego los sueños de trova, de ideales, de luchas por un mundo mejor para finalmente madurar, y envolverse entre los designios de la razón, aceptarse, hacer concesiones, y dejar las emociones y los absolutos para envejecer ideológicamente.

¿Y después qué?. ¿Criticar todo lo que no pudieron hacer mejor ?. ¿Acaudillarse y proclamar las mejores soluciones sólo porque son tus soluciones?.

Cada vez mas independientes, individuales y enchidos² de ego.

Quizás a las mujeres les vaya mejor. Ellas y sus absolutos: intenta convencerla de que no has mirado a aquella mujer.

O tal vez sea todo lo contrario. Tal vez sea sólo matemática : sumas, restas y resultados. Pareciera que atrás del telón sólo hay cabezas con números. Por eso, últimamente da igual el bando que seas, da igual las ideologías y las filosofías porque allá arriba hay un bando de matemáticos que sólo quieren que los números funcionen, que sus números funcionen. Los gobiernos, por más democráticos o autoritarios que sean, seguirán ocultas recetas numéricas y pobre del país que se crea lo de soberano. Peor si tiene petróleo. La gran receta se impone a todos y cuidado, ésta tiene ocultas sucursales para fabricar a sus enemigos. Las aporías de todo lo justificable : el terrorismo, los nacionalismos, las dictaduras y el narcotráfico. Toda soberanía puede hacérsela encajar.

Parece que así ha sido siempre.

Ya entendí las matemáticas. Gracias Fidel.

(1) Estagio .- (portugués). Período de aprendizaje.
(2) Enchido .- (portugués y español antiguo). Lleno.

La apatía política o nos estamos volviendo viejos

Una crítica_constructiva, por Luis Daniel

Dada las actuales circunstancias de nuestra crisis política (Ollanta y su gobierno cada vez mas ilegítimo ) y el legado de los últimos gobiernos, comencemos por reconocerla existencia de una patología colectiva de frustración. Basándonos en síntomas como el desempleo y sub-empleo, pesimismo democrático, participación y consulta nula, inseguridad y decepción tras decepción y, en la duración de los mismos, la apatía política del ciudadano se ha vuelto un problema grave. Me pregunto : ¿Existe algún tipo de tratamiento para este tipo de patología colectiva ?. ¿De que sirve cultivarse y asumir valores individualmente si pertenecemos a una sociedad cada vez mas ajena?.

Veo esta apatía política como una capa que gobierno tras gobierno va engrosándose y que ataca principalmente al motor del desarrollo de un país : la clase media y los jóvenes profesionales. La falta de espacios y mecanismos para la participación, la consulta y el debate nos obnubilan cada vez más, y esto aunado a la escaza formación crítica que recibimos han logrado que el debate político común esté generalmente corroído por dos peligrosos agentes : el simplismo y la escaza voluntad de apertura intelectual en una confrontación.

No se trata de subir el tono, sino de mejorar los argumentos.

Psicología y Pesimismo

El pesimismo político es especialmente nocivo para todo debate. Y este no es gratuito, se ha instalado muy bien en generaciones que han vivido desencanto tras desencanto, ellas, al igual que la mujer despechada, ya no creen en el amor y en las promesas.

Siempre me pregunté porque la inmensa mayoría de propuestas políticas se basan en un cambio. Porque primero, no puede haber tantas combinaciones para un cambio a menos que se trate del mismo cambio, y segundo, como resulta que el cambio es finalmente es inexistente, debería dejar de preocuparme por los “personajes” y empezar pensar en el “libreto” o, en los “verdaderos directores” de la obra.

Miedo e individualismo

La prolongada frustración de proyectos de vida, la inseguridad, el desempleo o empleo mal remunerado, las precarias condiciones laborales cada vez mas mecanizadas y la exposición prolongada a contenidos mediáticos simplistas, degradantes y carentes de todo criterio nos hacen refugiarnos en nosotros mismos creando un psicología reservada en lo que a ideas se refiere. La exposición prolongada a estas “pobrezas” degenera paulatina y desapercibidamente. Y es que ante una crisis, lo primero que se necesita son ideas.

La persistencia de un problema es el principal síntoma de una carencia de ideas.

Tenemos la capacidad como cualquier otro pueblo, pero no estamos recuperados del todo, parece que ya nunca más creeremos en el “amor” y sin embargo ignoramos que precisamente esta actitud es la que atrae a todos los esperpentos que ganan las “elecciones”.

No consigo vislumbrar una solución directa, sin embargo estoy seguro que el asunto es algo trans-disciplinar, pues no corresponde a ninguna especialización académica en particular. Quizás lo importante por ahora sea concebir el problema en su verdadera magnitud y no empeorarlo.

Por último, no olvidemos que los espacios políticos no solo se crean con libertad de prensa -la cual por supuesto, no es sólo la libertad del periodista, de su “línea editorial” y la voluntad del grupo o dueño del medio- sino también con el debate, la base teórica-histórica, el derecho a réplica, la confrontación y el disentimiento, es decir libertad de expresión. Pero tampoco olvidemos que la libertad de expresión no es sólo un derecho de las empresas de medios, derecho que tanto exigen cada vez que un gobierno progresista les gestiona cierta disciplina -entiéndase Venezuela, Ecuador, Argentina, Cuba- sino que es un derecho de cada ciudadano y que debemos recuperar.

Visto de otro modo por ejemplo, cuando comúnmente se habla de Cuba, y se le reclama el derecho a las libertades de expresión, yo diría que precisamente los revolucionarios cubanos, son los que no tienen derecho a expresarse en los medios masivos occidentales.

En fin, todo esto no es mas que ciudadanía, es decir, esa parte de nuestro ser que se ocupa del bienestar colectivo.

aniel Collazos


Estupidez o Naturaleza Humana

 

Una reflexión, por Luis Daniel

 

Cuando arremeto contra el generoso acto navideño de la donación, generalmente se me mal interpreta. Me es indiferente si las personas hacen una chocolatada con panetón para algún olvidado asentamiento o no. Lo que no me es indiferente es la estupidez con la que se acoge el acto. Porqué ?. Por que se hace una cosa pensando que se hace otra. Dar lo que te sobra no te hace mejor ni peor, pero pensar que al hacerlo eres un ser humanos mejor es un error. La debilidad es tal que se engaña, compra su tranquilidad espiritual con lo que le sobra. Semejante tacañeria de espíritu. Mas consciente sería no hacer nada,  y no engañarse.

 

-Señor buenas, tendrá unas monedas

 

-No tengo … a la vuelta. – respondería cualquiera.

 

A quién engañamos ?. A este pobre niño,  a nosotros mismos ?. La miseria nos trae culpa. Merece aquel niño que, ademas de negarle, le mintamos ?. Quién no  tiene una moneda ?.

 

Comencemos por encarar un poco la miseria de la realidad,  y la de nosotros mismos, y aceptemos que tenemos dinero, pero que no lo vamos a dar porque no queremos, o porque sabemos que eso no cambiará nada, o porque simplemente somos unos miserables. Es necesario comenzar por la verdad : o ayudamos o enfrentamos nuestra indiferencia sin cuestionamientos,  pero no engañemos, ni nos engañemos.

 

-Tengo dinero pero no me parece que deba dártelo siempre que me lo pides, debe haber otra forma de ayudar.

 

Quizás no ayudé mucho, pero nos hará mas conscientes y eso es precisamente lo que será de gran ayuda. Una sociedad mas consciente.

 

Particularmente no hago donaciones por dos razones. Uno, no ayudas, crees que lo haces, pero sólo prolongas algunas desgracias. Dos, como consecuencia de la anterior, desperdicias tu dinero.

La única ayuda verdadera es la que combate una injusticia, o la que hace cambiar a las personas y el dinero no hace eso.