La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Categoría: prosa poética

LA RECONSTRUCCION FINAL DEL MUNDO

I

Superando a la mitología moral, o a lo que bien llamaron religión, selectos hombres cavilaron un cielo en infinita reconciliación; un cielo de dicha eterna de justos e injustos, del beato y el inicuo.

Pactando la negación, camina la insensatez moral de un cielo cuya eterna dicha es contemplar la desdicha del pecador. Toda negación sostiene una gran verdad.

Todo un mundo cabe entre estas dos estampas, y una diligencia historiada los deriva hacia el único cielo.

¡Ah la insensatez de importarse por los otros!, como las desdichas de los injustos, como el origen de todo mal.

De un cielo superior
Donde justos e injustos,
En reconciliación y dicha,
Felicidad y culpa
Y eternidad finita.

De una insensatez moral
Y un paraíso cruel
Y el placer de contemplar
La desdicha del infiel.

Un mundo cabe,
Entre estos dos cielos,
Y su diligencia sabe
El destino fiel.

Tan original como el ser humano
Es el amor por los otros.
Preocupación misma
De su cielo infiel.

II

Nadie se ha contemplado a sí mismo si no fuera por el espejo y la fotografía, artefactos que atentan al tiempo.

La muerte, que es sólo dejar de ser visto, comporta una íntima indiferencia en todo aquel que no es otro, sino en aquel que nunca se ha visto.

III

Mi reino no es de este mundo, educo a la sonrisa y veo que, no seré feliz tan fácilmente, poeta infeliz y sin reino.

Una unción secreta me devela que el corazón debe ser pensado, y esas obras de arte que en algunas vidas se proclamaron dolor, son sólo imaginación insuficiente. Y que el fin, si hay algún fin, es el único órgano verbal espiritual insoluble e infinitesimal.

Todo esto está en mí. Todo lo que encontramos está ya en uno.

Es mi reino alado.

IV

La belleza es triste como el canto infante que nos abandona en el sueño. El corazón se abre, y el palpite vivo es mi pasado intocable y retráctil. Es la herida que el tiempo curó al nacer.  Lo más cercano fueron mis miradas tristes de niño inútil.

¡Oh universal tristeza! La de entender que entre el niño y el hombre el tiempo cava un abismo. La de la tradición muerta que es mi infancia.

V

En el sagrado laberinto de la existencia el alma ocupa su disuasión. Felices los que desconocen la incumbencia del laberinto, felices porque mueren felices. Desdichados los desesperados, que en sus eternas y finitas horas, mueren como todos. El laberinto desespera a sus hijos predilectos, comercia el talento con la angustia. Poetas y locos proclamaron las inexpugnables leyes del laberinto, crueles y bellas verdades fueron olvidadas.

Sensibles a la infamia, los unos se abandonaron a la convivencia con los felices (gentiles),  la naturaleza de sus diferencias pactó una convivencia a otro nivel. Profesaron un primitivo sacerdocio y el dogma de la aceptación. La historia les pertenecía.

Pero el laberinto pertenece a sus desesperados, porque en su pugna y en su conjetura se alimenta su misterio, jamás en su aceptación.

Unos pocos evolucionan el laberinto.

Y se revelaran los antiguos secretos de un tiempo remoto e inconcluso, para abrir la marcha triunfal del reino del espíritu, del tercer reino de la humanidad.

IDEAS ESTÉTICAS: PARE DE SUFRIR

La capacidad estética del ser es proporcional, e inversamente proporcional a su sufrimiento. Proporcional por ser transformadora, y proporcional en un sentido inverso, por la capacidad de análisis, cuando se sufre menos. En ambos casos, para originar arte debe desplazarse el origen del mismo, es decir, el sufrimiento.
Los hombres buenos siempre nacen en malos tiempos.

Mitigar el sufrimiento, pues dicho sentimiento, no constituye ninguna vía directa para el arte o conocimiento de la vida; tampoco permite, observar, ni analizar, ni apreciar la belleza de los sentimientos desfavorables que elevan el genero humano.

Para el espíritu, que puede comprender que la mentira interior es la verdad, es importante observar su propio sufrimiento. Para esto, el camino es crear un yo alterno, y depositar en él, no sólo la inteligencia, sino la cultura, es decir, la capacidad de comprender, para que esta nueva personalidad, dotada de todos los recursos originales de la razón y la comprensión, sea la encargada de sufrir. Importa de manera soberana, que la inteligencia, única en ambas personalidades, obre fatigando todas las formas de humor, ironías, sátiras, caricaturas y ridiculizaciones, al encarar los problemas que originan el sufrimiento. No se piense, erróneamente, que éste constructo alterno deba resolver o ejercer el análisis del sufrimiento, no, esta personalidad alterna será la encargada de amortiguar el sufrimiento a través de la ironía.

Seamos crueles en la profunda ironía hacia nosotros mismos.

De esta forma, la consciencia del individuo, por un desplazamiento intermitente de la atención, y por un ejercicio de ironía inteligente y lúcida, que lo orienta placenteramente, sublima la culpa, el dolor y el sufrimiento que azora toda sentimentalización. Es imperante que la manifestación ridícula de la personalidad alterna sea a través del dialogo, pues no existe otra forma, de índole directa, que haga mas vívida la existencia. El conocimiento irónico y ridículo es la razón de ser del antihéroe interior.

Mentirse de esta forma superior, no es mas que un ejercicio de observación que transforma la consciencia generando consciencia. El placer de obrar, en irrealidad, la tristeza del ser. Si el individuo, posee la capacidad expresiva y estética, puede y debe entregar este tesoro a la humanidad.

LA PERPLEJIDAD DE LA INSIGNIFICANCIA

El que no cree ni ama; sólo sabe

FERNANDO PESSOA, El Primer Fausto

 

Puesto que la inteligencia ya ha sentido su limitación, ante la maravilla, la belleza, la sentimentalidad y el miedo a la memoria; ya ha supuesto su insignificancia.

¿De donde viene la voluntad de las emociones?

La inteligencia puede menos que las emociones, los sentimientos y el sufrimiento porque no es posible dejar de respirar.

¿Es la emoción, o su consecuencia, el sentimiento, o su afán ulterior, el sufrimiento, la lectura más humana de este tránsito carnal?

El ser humano es irracional porque ante cada razonamiento le precede una convicción, una creencia, un instinto.

La inteligencia, que en sus límites, se declara insignificante ante el abismo de la memoria, de las pesadillas oscuras, compone apenas, en un pequeño número de hombres, un equilibrio, para erigirse, no sin miedo y tragedia, ante la misteriosa belleza de ella. La fecunda noche de todos los poetas, que en su seno, incuba el sueño infiel de una memoria de hechos inexistentes, y nos consuela con su sonrisa, porque nos ama y porque todo es falso, real y maravilloso. Porque todo eso no existe, no significa nada y es bello.

¡Oh Mujer que nos consuelas porque todo es falso inútil bello e incomprensible!

CAMPONES

El hombre rústico, desde que nace, conoce las energías que operan en la naturaleza. Su crianza le inculca movimientos exteriores que el hombre urbano desconoce. Puede sentir en su cuerpo el desmán de cualquier decepción. Sabe, sin saber, cómo su humanidad recibe los años y la dicha. Contempla, porque esa es su comunión con lo real, todo lo que la civilización adultera. Sabe del efecto espiritual que es sentirse pequeño ante la inmensidad.

Por la naturaleza de su crianza, y naturaleza es la palabra, el hombre del campo, sabe, sin saber, las fuerzas que conforman el mundo. El utiliza en su figuración lo elementos que le trascienden para explicarse a sí mismo. No cree en la tristeza de una tarde, ni en la furia de un vendaval porque no humaniza a la naturaleza; sabe, sin saber, que su humanidad ya es natural. Profesa, sin profesar, la religión del espíritu de las cosas, en donde todo supera su definición, como multiplicados por sí mismos. Su metafísica es la traducción asociativa de su intervención. Sabe, sin saber, que jamás comprenderá lo otro, que sólo podrá señalarlo.

CLAMOR DE UN HOMBRE ADULTERADO

 

No cierres las ventanas que me dejan contemplar lo que no veo. Las ventanas que me cerraron al nacer, me las dibujaron con el destello de una infame y dulce figuración perdida.

Nací, sin querer, y ahora veo sin saber, como la triste figuración de mi conocimiento de la vida es leña hedionda que mal arde en la realidad. Regreso, después de haber estado ya en este principio, a ver qué triste es la inmensidad que no logra sobrecoger al ser adulterado en que me he visto. Los otros, que ignoran todo por no haber nacido en el acierto de su pasado, son el paisaje en el que estampo la maravilla de un mundo solitario e insospechado.

 

EL ALCOHOLISMO DE LA ABSTENCION

Detestad la música vulgar, pero no la despreciéis

MARCEL PROUST, La muerte de las catedrales.

 

Cuando la inteligencia penetra el mundo interior que desconocemos, se somete a las perturbaciones del alma; el alma, que para vivir no hay que conocerla, teje los hilos de la emoción; y la inteligencia, que para vivir no hay que tenerla, guía el camino ajeno. Aplicar la inteligencia sobre las operaciones emocionales se vuelve un deleite arduo y bello cuando engendran una gran verdad.

La inteligencia determina que el deseo se separa de su realización en la fisura de la oportunidad, a este lado de la fisura, en estado estático de permanente búsqueda, y por tanto angustia, está el anhelo de belleza y conocimiento; al otro lado de la fisura, en estado dinámico, y por tanto circunstancial, su realización, que por someterse al flujo natural de las cosas, las gentes, los excesos y las ausencias, se ve sometida a todo lo que lo rodea. Esta condición dinámica del deseo, a diferencia de su condición estática, que determina una voluntad más íntima, se manifiesta en general, en un irregular deseo sobre todo lo que lo rodea. Revísese aquí, la volatilidad con el que el deseo transita para una mente sin ideas ni perturbaciones. Íntima relación entre objetos de placer y espíritu que forman tristemente el temperamento de aquellos vegetales que desconocen la vida interior.

La necesidad de los otros es un agravante para este tipo de psicologías.

La necesidad de placer, tan necesaria sobre la angustia, hija de la búsqueda, y la miseria alrededor, conciben al vicio como alimento espiritual. En condiciones así, la inteligencia bendice la maldita condición de ser un individuo de excepción.

El alcoholismo, como cualquier otra necesidad espiritual, disfruta el placer que su divina sustancia entrega, sacia el deseo que la voluntad incuba forma íntima, pasiva y centrifuga (hacia el interior). La circunstancia de beber, en cambio, alejada un poco del círculo íntimo de la voluntad, y más próxima a los fenómenos triviales de las cosas y las personas, se manifiesta en las capas más exteriores de la personalidad, como la educación y la cultura. La cultura inhibe, por medio de la decencia, la necesidad de cualquier sustancia. Combatir la corrosión de los vicios y hacer de la angustia una inevitable tragedia interior que no pueda huir de la concepción de bellas ideas es, por tanto, la obligación estética, de los superiores, claro está.

Por esto, toda decadencia referida al ejercicio de un vicio, es siempre el resultado de una pobre educación sentimental, y nunca del vicio. Que tendrá que ver la necesidad íntima con la decencia?.

Comprendiendo estas manifestaciones y sus elementos, paso a inferir que la necesidad de un vicio alberga sus causas en los espacios más profundos del ser, y que al placer de su realización, su emanación, y toda la humanidad que lo rodea, son los efectos de las capas más exteriores de la personalidad, como el lenguaje social o la cultura. Convierto así, en elegante y humana, la condición de un alcoholismo, por el clamor en la inanidad de las cosas, y la espiritualidad intensa e inmediata que la ebriedad otorga, y la condición de una abstención, por la elegancia y el escrúpulo de la formación cultural y sentimental. Como el comercio del deseo que bien conocen como temple los avatares espirituales, sacrificando lo que más desean, y abrazando lo que más repudian. La manifestación superior está en la dignidad con que el espíritu encara la necesidad de llenar los vacíos del alma, que cuanto más sensible, más vacía.

La decadencia y la degeneración del hombre, de cualquier índole, es el resultado de una ausencia espiritual en su personalidad (una ausencia muy presente), y es sólo esta condición, la responsable de toda precariedad del género humano. Una educación sentimental y estética mitiga elegantemente cualquier manifestación hedonista y devocionaria de un vicio; la ausencia de la misma trae la degeneración del individuo sensible y sin voluntad.

No cultivemos la abstención en exceso, ni ningún tipo de exceso, en su lugar, seamos mínimos en los deseos y las sensaciones. Seamos en lo posible, dificultosamente simples en los escrúpulos de la atención hacia el placer.

Es bello y triste, y por tanto, más bello aún, reconocer que a mayor poder mayor placer, y que a mayor angustia, mayor poder, y que la victoria sobre la obstinación placentera es el divino fracaso …

Licito y superior es pues, manifestarse en un alcoholismo que se abstiene de la bebida, pues deja para lo trivial, todo lo mundano que rodea a las botellas y los hombres. La necesidad, la privación, y la renuncia a la obstinación por lo perfecto, se me revelan como una estética de la voluntad, voluntad que late flanqueada por la imposibilidad de un deseo que se manifiesta, sin revelarse.

Queda así realizada, esta hermosa contradicción que se intitula a sí misma.

 

DISTRACCIÓN

Cerrada la tarde los hombres desvían su atención.
Botellas y hombres cantan en silencio a la oscuridad,
Y oscuro como su incomprensión,
Dan vida a sueños, mares y al viento de una mujer.

Recrean, como felices de asombro,
Que lo arcano es tan humano como todo lo demás.
Instantáneo, como el tiempo ocioso,
Un hombre concibe el universo en criatura que se ciega en luz.

Noble ocio que abandonará en la mañana,
Cuando la conjetura se duerma y la razón despierte.

INDISPOSICION

La indisposición no comporta una metafísica,
Sólo un precedente cuando la corbata de la existencia aprieta.
La metafísica si es el resultado de una indisposición al voltear cada esquina de la existencia.

DRAMA ESTÁTICO DE DIANA FARCUZ (I)

Supe, desde que usé la razón, es decir, desde que conocí la tristeza, que la espiral de la dicha regresa siempre en otro nivel. Si es que regresa. Hay que soltar el paso para que todo regrese. Ah!, sí, los años enseñan. Los años enseñan que lo único que  importa es atemporal, el punto íntimo en que pierdo la consciencia del tiempo, el tiempo emocional. Los años no enseñan, la tristeza es la que enseña. Me dijeron alguna vez: –sé autentica y serás grande. Innoble verdad: la autenticidad abre abismos que se tragarían cualquier grandeza. La vida es insuficiente. El amor  es lo facultativo de lo estético, el sexo, tal vez lo único que por ser finito e intenso, abre las puertas de la plenitud. Mi educación no es temperamental, bailé, y aprendí a bailar porque todo el mundo baila la realidad para sus corazones, sólo que, o ni saben bailar, o ni saben emocionarse. Pero es así, si no hay baile, por poético que sea, la razón degenera.

Baso mi estética en la danza, como en todo, en la circularidad que el alma femenina acapara, y que la masculina vuelca en su voluntad. Cuando bailo, opero desde mi ser, todo lo que la naturaleza de la expresión musical me propone. Esta facultad obstaculizada, por estar aun en formación, que es la expresión musical, es la que unge mi alma. Sobrellevo todo lo demás, a partir de la música que mi cuerpo expresa. Mi cuerpo se interpreta musicalmente. Y así, todo en la vida.

La única metafísica que me incumbe es, por ponerle una expresión, la experiencia mística, lo cual bien visto, es una sentimentalización y como tal, está más lejos de lo absoluto, y más cerca de lo patético. En el cuerpo, la metafísica es su musicalidad. Y la única que en mi vale.

La mujer superior debe desconfiar mucho más del hombre que desea algo. Y fijarse, en lo posible, del hombre que fue antes de conocerla, esta contradicción explica la disfuncionalidad de las relaciones. No es posible querer algo y ser autentico al mismo tiempo. Los hombres adoptan un constructo psicológico cuando son atraídos. Se comportan como deberían comportarse para concretar su deseo. El margen de error es muy alto desde que lo romántico no es lo sexual y lo espiritual no es ninguno de los dos. Y así vivimos.  Y lo insano de todo esto no son estas confusiones, sino que ante lo vívido de esta confusión, opera una moral decadente y social.

La mujer superior finalmente, es la madre del artista.

Me llamo Diana Farcuz y no Farcúz. La acentuación es la que define, como a todos.

DIANA FARCUZ

Diana Farcuz nació el 13 de Enero de 1980 en Montevideo Uruguay. Es bailarina de danza moderna y esteta.  

NOSTALGIA FUTURA

Para Gabriela, ella sabe.

Paseo por el segundo nivel de cualquier lugar, siempre hay un segundo nivel a cualquier altura de la realidad de las cosas; y siento, no sé lo que siento. Lo que veo es una irrealidad de las cosas, las tiendas del todo subyugadas al mundo de fantasía de la nada. Como un paseo por el campo, en donde los meandros y las flores presienten la figuración de quienes los contemplarán, así, estoy en la figuración degenerada de las flores del comercio de todo. Una música inseparable a mí me blinda el alma debilitándola, y siento una especie de nostalgia futura. Pero este sentimiento es tan presente que invalida cualquier noción de futuro, y es tan real y puntual que invalida cualquier semejanza a la nostalgia. Lo que atraviesa la instantánea de mi alma es la añoranza de un futuro. El sabor que tamiza mi sentimentalidad es la ligera, y real, y muy probable imposibilidad de un tiempo que no viviré. La imposibilidad de serse en el después de este pesar. Este vago e indefinido pesar se comporta como el arrastrar de los pies cansados del deseo de ser.

Me evoco, porque en instantes me elevo por sobre la irrealidad, en una casa llena de muebles de madera, libros y luces amarillas. El orden de la cocina es exacto al de mi corazón, o al de mis sentimientos, nótese vestigios de uso, algo limpia, y algo vacía en los cajones de los recuerdos. Siento a mi lado el cariño consuetudinario de una mujer, de la mujer que no tuve en todas las mujeres que tuve.

Todo es acercamiento, nada es definitivo.

Esta mujer, tan íntimamente desconocida conspira en los momentos más finos de quietud que se parecen a raros recuerdos de instantes de mi infancia. La atmosfera interior que me invade cuando camino, junto con la irreparable música de mi ser, y con el deambular ininterrumpido del anonimato que es lo otro, es como la despedida de los instantes de mi plenitud. Por lo demás, lo que hace a la niñez  maravillosa y plena es la incapacidad de concebir lo maravilloso y pleno. Debe ser maravilloso no reparar en lo maravilloso, y he ahí una gran verdad.

Me distancia de este gran patio de ningún lugar el abismo de mi enajenación. Todo esto, que no debe diferenciarse de lo que siente toda alma, es el patetismo de escindir buscando el significado a todas las cosas. El triunfo de la razón, y el fracaso de su ubicación. Me separa el abismo de no poder serme. La intuición que lo gobierna todo me aprieta el alma y me restriega en murmullos sobre el fondo de esa música irreparable, que nada es, y que debe haber otro modo de serse.

Si imaginase, en la escala de colores, esta rara y frecuente lectura de mi sensibilidad, me llevaría al brillo que se posa sobre cada color. Hablo del espejismo que por algún ángulo de la conciencia, y el efecto de no sé qué desorden del alma,  produce el paisaje inanimado en mi camino.

Estoy en falta, y no por error, sino por la falta de mi ser.

Esta mujer, la mujer, la que nunca conocí ni en sueño, a pesar de haber regresado siempre a ella, se sienta a mi lado, y juntos flotamos sobre el tiempo, revisando algunos detalles de un domingo de la vida, porque un domingo de la vida, es lo que siempre queda de la vida, y es lo único que vale. Por lo demás, toda mujer debe representar para el hombre, el domingo de la vida. Esta conjunción dominical se posa a la hora en que la tarde cede su vacio a las luces amarillas. Y ahí es donde quiero congelar para siempre todo lo que no he de vivir, viviéndolo. Lo atemporal de este sentimiento es que este futuro se parece al pasado de algo que no he vivido, o a una vaga referencia de algunos pasados de mi niñez que quiero desenmarcarlos para sucederlos.

Mi anhelo es que  la plenitud de unos instantes de infancia eternicen el futuro que no viviré.

Eternizar lo imposible.

El estado actual de un ser es, por lo demás, contradictorio, y la voluntad mas convicta lo contradice mas. El vidrio de la razón atravesó su alma y justifica el abismo que corroe el corazón de su pobre espíritu. Abandonado a su suerte, que es ninguna, busca cajas metafísicas en donde meter su cabeza.

Yo busco, en la mañana que siempre se alejará,  volver con aquella mujer a las luces amarillas y a la sala de los domingos de la vida porque todo hombre ama a la mujer que lo posee antes de conocerla.

 

 

 

ANGUSTIA

De esta angustia que es el tiempo vano en el que se exprime la existencia, con el espíritu a través del alma y  el alma a través del espíritu. El existir en otro peso existencial.

Se exprime, sin importar lo que se exprime.

Me invade el ansia de la videncia atemporal que obra sobre lo inanimado de la vida. Hay misterio en lo cotidiano, en ese papel olvidado que soporta el destino emocional de un hombre. En las llaves muertas de un hogar a donde no se vuelve más. En aquella foto que el tiempo la aleja.

La angustia de un transeúnte que algún día cruzará hacia el lado metafísico de la calle, más antes que después de su muerte.

Hay misterio en la hoja en blanco del poeta, en las infinitas hojas en blanco de los poetas muertos. Y en la idea estética de lo que no existió, no pudo existir, no pudo siquiera imaginarse existir.

¡Ah el arte! Que si fuese, habría sido.

Espero al destino o lo que fuere, con la inercia de las manos en los bolsillos de la desesperanza.

¡Ah el arte! Que compensa una ruptura que nunca existió con la naturaleza.
¡Ah el arte! La sempiterna naturaleza de lo otro.

¡Ah y aquel vendedor de zapatos!
Que rumia su existencia en la figuración de su vivir.

Me invoco en él.

Pero si fuera él, lo que nunca sucederá, no sería, él que siempre seré.
¿Para qué rebelarse de uno mismo?

¡Ah, ser aquel vendedor de zapatos!
Y no sería aquel desconocido que indaga sobre lo desconocido.
Dos desconocidos separados por una vaga intensidad de la consciencia.

Ya hay suficientes emociones vencidas en cada par de zapatos viejos, en el lado oscuro de la cama donde se abandonan los sueños.

REQUIEM POR PESSOAS

Y en el filo del abismo de donde todo viene, el 30 de noviembre del 1935, a los 47 años, se oye un clamor interno:

No sé lo que traerá el mañana

El hombre que indagó al infinito en sueños se acerca a su principio. Todos acuden del mundo de los otros. Alvaro Campos, Alberto Caeiro (rubio y de ojos azules como los sentimientos que nunca tendrá), el inmortal Bernardo Soares (con el tedio de ser inmortal y no esperar nada) y el anónimo Barón de Teive. Cada dramática existencia celebra la resurrección del  nacimiento de su padre. En el nombre del más alto grado estético de existir, el del creador de vida, se congregaron sus hijos, las  sensibilidades de su abstracción dramática, que  inmortalizaron, por nacer muertos,  las ideas más bellas del mundo.

Los funerales del Santo Padre se entregaban a la inacción de la voluntad. Y a la santa liturgia del recibimiento en la luz de las tinieblas: el verdadero reconocimiento en muerte.

En su lecho de nacimiento comparecieron los dramas de una vida que siempre fue póstuma.  Y de un lúcido insomnio que es la vida, y de quién despierta, apenas para morir.