PODER

por Luis Daniel

woody_streep

Lentamente, cuando el desplazamiento de lo que representa nuestra relación,
pasa del ser amado hacia el placer que nos entrega, es cuando la atención se
centra en uno mismo y comienzan los juegos del poder.

 

Fatigan razones para enamorarse, de eso no se trata las historias de poder. Se trata de cómo se transforma una vida en pareja hacia una disputa de poder. Comencemos por enamorarse y estar juntos como primer hito de nuestra historia. Vivir juntos, y con esto, las urgencias de un divorcio y de un trabajo en el extranjero ya estaban controladas. Ella ya estaba tranquila y protegida. A partir de ahí todo iba a ser conyugal. Todo iba a ser diferente y no lo sabíamos. Pequeñas circunstancias adversas ya nos acompañaban: trabajar en casa, poco espacio, Micaela en el colegio y mi inexperiencia. Nos estábamos conociendo en estas circunstancias. Estábamos ya en el camino. No fueron tiempos difíciles, todo lo contrario, recuerdo con mucha felicidad y cariño esas tardes con caminatas al cerro, bajando y subiendo en bicicleta, las fiestitas con “la culpa es de colón”. Fui feliz. Trabajaba en casa, no tenía que levantarme temprano. Lo mejor de nosotros estaban en esos meses en que caminábamos sin conocernos bien y sin conocer bien el camino. Eso es un poco ser feliz: no conocer los peligros. Pequeñas indecisiones y frustraciones estaban apareciendo sin darnos cuenta. Rutina, una caja pequeña, trabajos nada promisorios, y una apuesta por la pasión que parecía perder color a la vista de las obligaciones. Su divorcio aún estaba fresco. Había insolencia, culpas y fricciones. Y nos contemplábamos felices. Todo iba a pasar. Pero lo que ocurría era que la vida real estaba exigiéndonos y nosotros no. Ya habíamos cumplido la construcción, ahora estábamos en la realización y pasa lo que suele pasar en esta etapa, inconscientemente nos abocamos al placer que nuestro amor nos entregaba. Ya no era la promesa de estar juntos, sino la felicidad de vivir juntos. Aquí el foco se traslada hacia nosotros mismos, se sacan las cuentas de la dicha y comienza una sutil disputa de poder. Las parejas llegan a esta etapa después de cumplir sus promesas, el tiempo puede variar, pero inexorablemente se llega, es cuando te sientas sobre lo realizado y donde algunos sueños personales irrealizados se van a dormir. Pasamos del deseo a la factura de la dicha. Aquí vienen las obligaciones, las rutinas, las urgencias, los modus operandi de la intimidad y el teatro de las inseguridades. Salen las ramificaciones del carácter y sus frustraciones. Estas cosas no suelen aparecer en el tiempo de las promesas. En lo conyugal, la expectativa comienza a cobrar con una tenue lucha por mantener los dominios. Es natural tener la expectativa de lo prometido. Se empieza a hablar de ciertas cosas. De la necesidad de espacios, de amigos, de las cuentas, del cómo vamos. Es el yo que empieza a demandar. Y pasamos del sueño de ser felices a los hilos de las exigencias ¿en qué momento nos olvidamos de nuestras promesas? ¿Cuándo dejamos de ser felices? ¿sabíamos acaso como ser felices ahora?. Los celos son los naipes de la inseguridad. Y había inseguridad en las circunstancias. Yo pagaba todas las cuentas y eso la dejaba insegura. Hay personas que buscan seguridad en el otro, pero ella es mucho más inteligente y se daba cuenta que la única seguridad está en ella misma. Era así y me llenaba de orgullo. Pero me estaba cansando de ese círculo vicioso inseguridad celos. Meses antes había renunciado a su trabajo, tal vez irresponsablemente.

Yo ya había vivido con mi ex esposa pero esto era diferente, en aquel entonces no me frustraba. Ahora la amaba y me frustraba. Y me frustraba más porque la amaba. Sabía por mis sueños de soñador que me adhiero a la libertad. La libertad de combinar nuestros tiempos, de revisar a los amigos, de conversar, reír, ser yo mismo. Y todo esto no parecía combinar con mis días de esos meses. No era infeliz. Pero había perímetros de mi ser que tenía que atender. El virus de la duda parecía instalarse. Y es ahí cuando los mecanismos de sobrevivencia activan ciertas alarmas. Cuando la desventaja obliga a ejercer dominio. Y ese dominio es directamente proporcional a la irrealización. Pero la realidad es mucho más compleja e interesante. Una lucha de dominios por atesorar a lo que nos aferramos en el camino, a lo que creímos de nuestro amor. Es el insistir y persistir en la lucha más bella que se emprende en la vida: el proyecto de vida juntos. Ya no nos contemplábamos. Y cuando el lienzo del destino empieza a perder color nos aferramos a lo único seguro: tener el control de algo. No importa que es lo que se controle.

El secreto es volver a contemplarse y despertar a los sueños que mandamos a dormir. Volver a nuestra vida irrealizada porque siempre hay sueños que se desplazan cuando nos enamoramos. Y yo olvide mis propósitos cuando me enamore de ella porque ella se convirtió en lo más importante para mí. Era tiempo de centrarnos en nosotros. Pero no lo hicimos. Solo cambiamos de escenario. Me mude. Y luego ella se mudó conmigo y comenzamos otra etapa. Nos obviamos y pensamos que todo pasaría. Y si no sacamos joyas de nuestro caos los comienzos no tendrán nada nuevo.

Los juegos de poder son nuestras ramificaciones que van hacia nuestras insuficiencias. El mío era tratar de ser libre. Mi historia era de no serlo. Necesitaba canalizar mi energía creativa en algo más que critica ingeniosa a la sociedad y dejarme de esas tonterías libertarias. El de ella era el control que emana de su inseguridad. En esta danza importa mucho mirarse a los ojos y pensarse. Y es lo difícil porque en general las obligaciones empujan a acostumbrarse. Esto ya es un terreno mental, ponderamos, calculamos lo vivido y aceptamos. Los ciclos de la vida son ciclos, altos y bajos y circulares. En esta etapa, y en perspectiva, la hubiera sacado a bailar y mirándola decirle que tenemos que vivir los sueños de cada uno juntos. Seguir soñándonos porque el destino es el camino. Volver a las promesas que nos trajeron aquí haciendo otras promesas. El amor en el tiempo siempre es una promesa. Siempre vamos a querer bailar nuevas canciones porque siempre estamos en movimiento. Siempre renovar el playlist.

¿Terapia? No me di cuenta que en pareja todo es de a dos. Me equivoqué y ella no señalo mi error. Pensé que sus juegos de poder era el único problema. Yo también tenía problemas que me hacían irritable. Una pelea por cualquier cosa es solo el efecto de algo subyacente.

Y sólo nos dimos las espaldas. Y seguíamos juntos con una esperanza muda. Pero soy un idealista de raíz y creo que el corazón está por encima de sus circunstancias. Puede que tenga tantos errores como virtudes pero lo importante es que estoy consciente de ello. En las promesas nos volvemos a contemplar.

Terminamos. Me fui de casa. Alquile otro departamento. Después de un mes nos vimos y le dije que se mudara conmigo. Aceptó. Nos hicimos promesas. Fui feliz de tenerla a mi lado y comenzamos otra vez. Nuestro amor era intenso aún. Era buena leña que daba buen calor aún. Pero no usamos el buen tiempo para el mal tiempo. No lo suficiente. Nos prometíamos enmendarnos pero no teníamos el aprendizaje para llevarlo a cabo. Tuve que irme a trabajar a Chile por un tiempo y volvía la última semana de cada mes. Sobrevivimos a eso. Casi fui padre y eso me hizo muy feliz. Volvieron las inseguridades a distancia y mis aires de libertad. Volvieron los mismos juegos de poder y creíamos que lo estábamos manejando. Pero no lo estábamos manejando. Suelo conversar y traer los problemas a la mesa. Pero no conectaba con ella porque no me miraba a mí mismo. No me daba cuenta de que hay algo más que tener la razón. Y es lo más importante. Darse cuenta de algo es mejor que tener la razón. Darse cuenta de algo es tener la claridad de que nuestros problemas tienen un sentido. Y era ahí donde debíamos apuntar. Encontrarle un sentido a las cosas es mucho mejor que barajar las culpas. Ahora lo sé. Pero una vida en pareja no es el mejor lugar para pensar las cosas. No es terreno neutral.

Quiero interpelar a los juegos de poder y volver a reírnos en cualquier lugar y de cualquier cosa como en los tiempos de las promesas. Volver a sernos. A mirarnos a los ojos como antes. Ser los mismos desde nuestra nueva perspectiva.