Divorce, 2017 HBO

por Luis Daniel

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-Ya lo hice una vez y no funcionó.
-Y no piensas que las segundas veces son también importantes, por lo que aprendimos y porque ya no hay muchas reglas.

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Comienza como comienzan todas las separaciones: momentos de nulidad, conversaciones que empiezan a ensordecer, nada de qué hablar y esa picazón que irrita hasta enrojecer cuando dejas de soportar lo que antes callabas. Claro, hay un poco más en esta magnífica serie producida por Sarah Jessica Parker (2017 HBO). Un desgaste, una infidelidad como excusa, una brecha que aumenta y un matrimonio que se da las espaldas. Lo normal. Un círculo social que también esconde sus perlas. Un matrimonio (Tom y Dane) que vivía de sus mentiras, se creaban sus propios personajes y sus propias formas tan auténticamente artificiales, pero cuando las abandonaban, cuando ya nadie les ve, bebían y cocinaban compulsivamente para explosionar ante cualquier fricción. Sexo rápido, frustración y esa incertidumbre que empieza a la edad en que se han cumplido casi todos los roles sociales y se empieza a sospechar del divorcio como estafa de un nuevo comienzo. Si uno no cambia no hay cambios. Desde la temporada 2 empiezan a aparecer débiles signos de que a pesar de todo, y muy a pesar de todo, no se lo creen.  Altibajos laborales, relacionamientos apresurados, miradas que preguntan.

Ella, Francés, soñadora, o realista para ella misma, que es lo mismo, se desencanta de esa libertad que hace que las cosas que importen sean de usar y botar. Y va por ahí cuestionando desde su experiencia como giran las decisiones de los otros. No discute. Observa y se mete en problemas. El, Robert, simple, padre, empieza a darse cuenta de que lo que está comenzando no es un comienzo. Todo parece perfecto: casarse nuevamente, un bebe, y en medio año. Cuando es demasiado perfecto algo está mal. Los años te enseñan eso. Sospecha de esa dicha repentina, ya está en el camino de la duda. Y aparecen esas miradas entre ellos. Hay algo ahí, como hay algo que separa los puntos suspensivos de los finales, y que sólo las malas decisiones y los egos terminan por acabar lo que no ha acabado aún. Porque la vida se encarga de mostrar esas etiquetas del pasado. Ya nadie puede decir que  no lo sabía. En la vida lo sabemos, pero no encaramos. Preferimos no pensar. Las malas decisiones suelen facturarse en el ejercicio del siguiente período. Y de eso se trata esta historia. De que las dudas que nos van separando se van esclareciendo en el tiempo y que no vale la pena acelerar esos capítulos. Y que el corazón es atemporal y que esa es precisamente nuestra bella contradicción romántica: El Orden del Tiempo y el Caos del Corazón.

 

Seguiré hasta el final de la serie y los actualizo.