La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Mes: octubre, 2014

EL PROVINCIANISMO

EL PROVINCIANISMO PORTUGUES

Por, FERNANDO PESSOA

Traducción de Luis Collazos

Si fuese preciso usar una sola palabra para definir el estado presente de la mentalidad portuguesa, la palabra seria provincianismo. Como todas las definiciones simples, esta, después de hecha, necesita una explicación muy compleja. Daré primero, la que se aplica, esto es, lo que se entiende por mentalidad de cualquier país, y por tanto de Portugal, y diré después, el modo que se aplica el provincianismo a esa mentalidad.

Por mentalidad de cualquier país se entiende, sin duda, a la mentalidad de las tres camadas, orgánicamente distintas, que constituyen su vida mental – la camada baja, que suelo llamar de pueblo; la camada media, a la que no suelo llamar de nada, excepto en este caso por engaño, de burguesía; y a la camada alta, que llamaré de élite.

Lo que caracteriza a la primera camada mental es, aquí y en toda parte, la incapacidad de reflexionar. El pueblo, sepa o no sepa leer, es incapaz de criticar lo que lee o le dicen. Sus ideas no son actos críticos, sino actos de fe o descreencia, lo que no implica, además, que estén erradas. Por naturaleza, el pueblo forma un bloque donde no hay mentalmente individuos, siendo el pensamiento sólo individual.

Lo que caracteriza a la segunda camada que no es burguesía es la capacidad de reflexionar sin ideas propias. De criticar con la ideas de otros. En la clase media mental, el individuo, que mentalmente ya existe, sabe escoger –por ideas y no por instinto- entre dos doctrinas que se le presenten; no sabe contraponer a ambas una tercera que le sea propia. Cuando aquí o allí, en este o aquel, hay opinión media entre dos doctrinas, eso no le representa un cuidado critico sino una hesitación mental.

Lo que caracteriza a la tercera camada, la élite, es, por contraste entre las otras dos, la capacidad de criticar con ideas propias. Importa que esas ideas propias puedan no ser fundamentales. El individuo de la élite, puede por ejemplo, aceptar enteramente una doctrina ajena; la acepta críticamente y cuando la defiende, la defiende con argumentos propios –los que lo llevaron a aceptarla- y no, como hará el mental de la clase media, con los argumentos originales de los creadores o expositores de esas doctrinas.

Esta división mental, que aunque coincida en parte con la división social –económica y otras-, no se ajusta exactamente. Aristocracia y dinero pueden pertenecer mentalmente al pueblo, operarios de las ciudades pertenecen a la clase media mental. Un hombre de genio y talento, aunque haya nacido en el campo, pertenece desde su nacimiento a la élite.

Por tanto, cuando digo la palabra provincianismo, defino sin otra condición, al estado mental presente del pueblo portugués, digo que esa palabra provincianismo, que más adelante definiré, define la mentalidad del pueblo portugués en todas las tres camadas que la componen. Basta probar el provincianismo de la élite para que el provincianismo mental de la nación quede probado.

Los hombres, desde que entre ellos se levantó la ilusión o realidad llamada civilización, pasaron a vivir, en relación a ella, de una de tres maneras, que definiré por símbolos, diciendo que viven como campesinos, como provincianos o como citadinos. No olvide que trato de estados mentales y no geográficos, y que, por tanto, el campesino y el provinciano puede haber vivido siempre en la cuidad, y que el citadino siempre en lo que es su natural destierro.

La civilización consiste simplemente en la sustitución de lo natural por lo artificial en el uso cotidiano de la vida. Todo cuanto constituye la civilización, por más natural que hoy parezca, son artificios. La artificialidad es de dos tipos. Aquella, acumulada a través de las eras y que teniéndola la nacer la encontramos natural y aquella que todos los días va transformando la primera. A esta segunda voy a llamarla progreso y decir que lo moderno viene de ella. El campesino, provinciano y citadino se diferencian entre sí por sus diferentes reacciones a esta segunda artificialidad.

El campesino, el hombre rustico siente violentamente la artificialidad del progreso; por eso se siente mal en él y con él, íntimamente lo detesta. Hasta de las conveniencias y las comodidades del progreso se siente constreñido, al punto de, a veces, y en desaprovecho propio, esquivarse de ellas. Es el hombre de los buenos tiempos, entendiéndose por eso los de su juventud, si ya es mayor, lo de la juventud de los abuelos si es adolecente.

En el lado opuesto, el citadino no siente la artificialidad del progreso. Para él es como si fuese natural. Se sirve de lo que es de él sin constreñimiento ni aprecio. Por eso no lo ama ni lo odia, le es indiferente. Vivió siempre física o mentalmente en las grandes ciudades; vio nacer, cambiar y pasar (real o idealmente) las modas y las novedades de las invenciones; son, pues, para él aspectos corrientes, y por eso incoloros, de una cosa continuamente ya sabida, como las personas con quien convivimos, aunque de día a día sean diversas, son todavía, para nosotros idealmente las mismas.

Situado mentalmente entre los dos, el provinciano siente, si, la artificialidad del progreso y por eso mismo la ama. Para su espíritu despierto, incompletamente despierto, lo artificial nuevo, que es el progreso, le atrae como novedad, más aun sentido como artificial. Y, porque es sentido como artificial es sentido como atractivo, y es por artificial que es amado. El amor a las grandes iudades, a las nuevas modas, a las últimas novedades es lo característico distintivo del provinciano.

Si de aquí se concluye que la gran mayoría de la humanidad civilizada está compuesta de provincianos, se ha concluido bien, porque así es. En las naciones civilizadas, la élite escapa, en gran parte, y por su misma naturaleza, al provincianismo. La tragedia mental de Portugal presente es que, como veremos, nuestra élite es estructuralmente provinciana.

No se establezca, pues sería un error por analogía o yuxtaposición, entre las dos clasificaciones hechas, de camadas y tipos mentales. La primera, de sociología estática, define los estados mentales en sí mismos; la segunda, de sociología dinámica, define los estados de adaptación mental al ambiente. Hay gente del pueblo mental que es citadina en sus relaciones con la civilización y hay gente de la mejor élite mental –hombres de genio y talento-, que es un campesino en sus relaciones.

Por las características indicadas del provinciano, inmediatamente se verifican que la mentalidad de él es perfectamente semejante a la de un niño. La reacción de un provinciano a sus artificialidades, que son las novedades sociales, es igual a las del niño a sus juguetes. Ambos las aman espontáneamente porque son artificiales.

Ahora, lo que distingue la mentalidad de un niño es, en la inteligencia, el espíritu de imitación; en la emoción, la vivacidad pobre; en la voluntad, la impulsividad descoordinada. Son estas, por tanto, las características que encontraremos en el provinciano; fruto en el niño de falta de desarrollo civilizacional, y así ambos efectos de la misma causa: falta de desarrollo. El niño es, como provinciano, un espíritu despierto, pero incompletamente despierto.

Son estas características las que distinguirán al provinciano del rural y del citadino. En el hombre rural, semejante al animal, la imitación existe, pero en la superficie y no como en el infante o en el provinciano, que viene del fondo del alma; la emoción es pobre, aunque es vivaz, es concentrada y no dispersa; la voluntad, si de hecho es impulsiva, tiene, con todo, la coordinación cerrada del instinto, que substituye en la práctica, salvo en materia compleja, a la coordinación abierta de la razón. En el individuo citadino, semejante al hombre adulto, no hay imitación, pero si aprovechamiento de los ejemplos ajenos, y es a eso que se llama, en la práctica, experiencia, en la teoría, cultura; la emoción, aun cuando no es vivaz, es con todo rica, porque es compleja, y es compleja porque ser complejo quien la experimenta; la voluntad, hija de la inteligencia y no del impulso, es coordinada, tanto que aun cuando parezca desfallecer, fallece coordinadamente, en propósitos frustrados pero idealmente sistematizados (propósitos estéticos).

Recorramos, mirando sin anteojos de cualquier grado o color, el paisaje que nos presentan las producciones e improducciones de nuestra élite. Verificaremos en ella, aquellas características distintivas del provinciano.

Comencemos por no dejar de ver que la élite se compone de dos camadas: los hombres de inteligencia, que la forman en su mayoría, y hombres de genio y talento, que forman en su minoría la élite de la élite, por así decir. A los primeros exigimos espíritu crítico, a los segundos originalidad, que es, en cierto modo, un espíritu crítico involuntario. Hagamos, pues, incidir el análisis que nos propusimos hacer, primero sobre la pequeña élite de la élite, que son los hombres de genio y talento.

Tenemos, es cierto, algunos escritores e artistas que son hombres de talento; si alguno de ellos es un hombre de genio, no lo sabemos, ni importa para el caso. En ellos, evidentemente, no se puede revelar en absoluto el espíritu de imitación, pues eso implicaría la ausencia de originalidad y la ausencia de talento. Ellos, nuestros escritores y artistas son, originales por vez primera, lo cual es inevitable. Después de esto no evolucionan, no crecen; fijados en el primer momento, viven parásitos de sí mismos, plagiándose indefinidamente. A tal punto es así, que no hay, por ejemplo, poeta de nuestro presente – de los célebres por lo menos- que no quede completamente leído cuando esté completamente leído, en que la parte no sea igual al todo. Y si en uno u otro se nota, cierta altura, lo que parece ser una modificación de su manera, el análisis revelará que la modificación fue regresiva: el poeta o perdió la originalidad y esa fue su diferencia, o decidió comenzar a imitar a otros por la impotencia de progresar interiormente, o resolvió, por cansancio, amarrarse a la carroza de una doctrina externa, como el catolicismo o el internacionalismo. Describo abstractamente los casos concretos y no necesito explicar porque no junto a cada ejemplo el individuo que me lo provee.

El mismo provincianismo se percibe en la esfera de la emoción. La pobreza, la monotonía de las emociones de nuestros hombres de talento literario y artístico, salta al corazón y aflige la inteligencia. Emoción viva, si, como era de esperarse, pero siempre la misma, simple, sin el auxilio crítico de la inteligencia o de la cultura. La ironía emocional, la sutileza pasional, o la contradicción del sentimiento, no las encontraras en ninguno de nuestros poetas emotivos, que son casi todos. Escriben, en materia de lo que sienten, como escribiría el padre Adán, si hubiese dado a la humanidad, además del mal ejemplo ya sabido, otro peor , el de escribir.

La demostración queda completa cuando conducimos el análisis a la región de la voluntad. Nuestros escritores e artistas son incapaces de meditar una obra antes de hacerla, desconocen lo que es la coordinación, por la voluntad intelectual, de los elementos proveídos por la emoción, no saben lo que es la disposición de materias, ignoran que un poema, por ejemplo, no es más que una carne de emoción cubriendo un esqueleto de raciocinio. Ninguna capacidad de atención e concentración, ninguna potencia de esfuerzo meditado, ninguna facultad de inhibición. Escriben al sabor de la inspiración, que no es más que un impulso complejo del subconsciente que cumple siempre sometiendo, por una aplicación centrípeta de la voluntad, la transmutación alquímica de la consciencia. Producen como Dios les sirve, y Dios queda mal servido. No sé de poeta portugués de hoy que sea, constructivamente de confianza para algo más que un soneto.

Hechos estos reparos analíticos en cuanto al estado mental de nuestros hombres de talento, es inútil extender este breve estudio para el resto. Si la élite de la élite es así, como no ser así el resto. Hay pues, un elemento común en la camada mental superior que hermana a las dos, y hermanados define: la ausencia de ideas generales, y por lo tanto, del espíritu crítico y filosófico que viene de tenerlas. Nuestra élite política no tiene ideas excepto sobre política, y las que tiene sobre política son plagiadas servilmente del extranjero –aceptadas, no porque sean buenas, sino porque son francesa o italianas, o rusas. Nuestra élite literaria es aún peor, ni sobre literatura tiene ideas. Seria trágico, a fuerza de ser cómico también, el resultado de una investigación sobre por ejemplo, las ideas de nuestros poetas celebres.

Portugal entre Passado e Futuro

 

EPITAFIO

“Aquí yace un hombre sin preocupaciones”

Y desde el interior de su ataud,
Inscrito en la puerta que da a la vida,
El epitafio de su mundo:

“Aquí yace el mundo de mis preocupaciones”.

PAISAJES INTERIORES

Al maestro Caeiro, por enseñar tanto sin existir.

Me gusta el campo, la sierra y el mar
Porque no soy del campo, ni de la sierra, ni del mar.
Me gustan porque soy de la ciudad. Si fuera del campo, la sierra o el mar,
No me gustarían,
Me harian falta.

Gustamos de lo que no somos
Porque amamos lo que somos,
Y porque somos, nos hace falta.

Hay un sentido oculto en la manera
De desear lo que no somos
Para ser lo que no amamos.

EL ALCOHOLISMO DE LA ABSTENCION

Detestad la música vulgar, pero no la despreciéis

MARCEL PROUST, La muerte de las catedrales.

 

Cuando la inteligencia penetra el mundo interior que desconocemos, se somete a las perturbaciones del alma; el alma, que para vivir no hay que conocerla, teje los hilos de la emoción; y la inteligencia, que para vivir no hay que tenerla, guía el camino ajeno. Aplicar la inteligencia sobre las operaciones emocionales se vuelve un deleite arduo y bello cuando engendran una gran verdad.

La inteligencia determina que el deseo se separa de su realización en la fisura de la oportunidad, a este lado de la fisura, en estado estático de permanente búsqueda, y por tanto angustia, está el anhelo de belleza y conocimiento; al otro lado de la fisura, en estado dinámico, y por tanto circunstancial, su realización, que por someterse al flujo natural de las cosas, las gentes, los excesos y las ausencias, se ve sometida a todo lo que lo rodea. Esta condición dinámica del deseo, a diferencia de su condición estática, que determina una voluntad más íntima, se manifiesta en general, en un irregular deseo sobre todo lo que lo rodea. Revísese aquí, la volatilidad con el que el deseo transita para una mente sin ideas ni perturbaciones. Íntima relación entre objetos de placer y espíritu que forman tristemente el temperamento de aquellos vegetales que desconocen la vida interior.

La necesidad de los otros es un agravante para este tipo de psicologías.

La necesidad de placer, tan necesaria sobre la angustia, hija de la búsqueda, y la miseria alrededor, conciben al vicio como alimento espiritual. En condiciones así, la inteligencia bendice la maldita condición de ser un individuo de excepción.

El alcoholismo, como cualquier otra necesidad espiritual, disfruta el placer que su divina sustancia entrega, sacia el deseo que la voluntad incuba forma íntima, pasiva y centrifuga (hacia el interior). La circunstancia de beber, en cambio, alejada un poco del círculo íntimo de la voluntad, y más próxima a los fenómenos triviales de las cosas y las personas, se manifiesta en las capas más exteriores de la personalidad, como la educación y la cultura. La cultura inhibe, por medio de la decencia, la necesidad de cualquier sustancia. Combatir la corrosión de los vicios y hacer de la angustia una inevitable tragedia interior que no pueda huir de la concepción de bellas ideas es, por tanto, la obligación estética, de los superiores, claro está.

Por esto, toda decadencia referida al ejercicio de un vicio, es siempre el resultado de una pobre educación sentimental, y nunca del vicio. Que tendrá que ver la necesidad íntima con la decencia?.

Comprendiendo estas manifestaciones y sus elementos, paso a inferir que la necesidad de un vicio alberga sus causas en los espacios más profundos del ser, y que al placer de su realización, su emanación, y toda la humanidad que lo rodea, son los efectos de las capas más exteriores de la personalidad, como el lenguaje social o la cultura. Convierto así, en elegante y humana, la condición de un alcoholismo, por el clamor en la inanidad de las cosas, y la espiritualidad intensa e inmediata que la ebriedad otorga, y la condición de una abstención, por la elegancia y el escrúpulo de la formación cultural y sentimental. Como el comercio del deseo que bien conocen como temple los avatares espirituales, sacrificando lo que más desean, y abrazando lo que más repudian. La manifestación superior está en la dignidad con que el espíritu encara la necesidad de llenar los vacíos del alma, que cuanto más sensible, más vacía.

La decadencia y la degeneración del hombre, de cualquier índole, es el resultado de una ausencia espiritual en su personalidad (una ausencia muy presente), y es sólo esta condición, la responsable de toda precariedad del género humano. Una educación sentimental y estética mitiga elegantemente cualquier manifestación hedonista y devocionaria de un vicio; la ausencia de la misma trae la degeneración del individuo sensible y sin voluntad.

No cultivemos la abstención en exceso, ni ningún tipo de exceso, en su lugar, seamos mínimos en los deseos y las sensaciones. Seamos en lo posible, dificultosamente simples en los escrúpulos de la atención hacia el placer.

Es bello y triste, y por tanto, más bello aún, reconocer que a mayor poder mayor placer, y que a mayor angustia, mayor poder, y que la victoria sobre la obstinación placentera es el divino fracaso …

Licito y superior es pues, manifestarse en un alcoholismo que se abstiene de la bebida, pues deja para lo trivial, todo lo mundano que rodea a las botellas y los hombres. La necesidad, la privación, y la renuncia a la obstinación por lo perfecto, se me revelan como una estética de la voluntad, voluntad que late flanqueada por la imposibilidad de un deseo que se manifiesta, sin revelarse.

Queda así realizada, esta hermosa contradicción que se intitula a sí misma.

 

DISTRACCIÓN

Cerrada la tarde los hombres desvían su atención.
Botellas y hombres cantan en silencio a la oscuridad,
Y oscuro como su incomprensión,
Dan vida a sueños, mares y al viento de una mujer.

Recrean, como felices de asombro,
Que lo arcano es tan humano como todo lo demás.
Instantáneo, como el tiempo ocioso,
Un hombre concibe el universo en criatura que se ciega en luz.

Noble ocio que abandonará en la mañana,
Cuando la conjetura se duerma y la razón despierte.

INDISPOSICION

La indisposición no comporta una metafísica,
Sólo un precedente cuando la corbata de la existencia aprieta.
La metafísica si es el resultado de una indisposición al voltear cada esquina de la existencia.