2666 INACABADA E INFINITA

2666

 

Pronto a ser diez años (15 de Julio del 2013) desde que el mundo se acabó para Roberto Bolaño he acabado de leer 2666.  Refiero a esta intima sensación que he vivido durante siete meses como la exploración poética a la que me ha llevado la densa sentimentalización del universo 2666, una obra que sentencia a la ciencia poética por sobre la poesía misma, porque va más allá, y vislumbra, cuando no araña, y se lastima, lastimándonos a todos, el fondo abisal, abyecto y vedado que queda cuando al nodo poético se le arrebata la prosodia. Traduzco esto como los hombres y el problema del mal. Es el artefacto viviente y oscuro que se descabala entre sus asociaciones quedando como un punto negro, eterno, unidimensional, absoluto e indefinido, ese punto infinito que es la búsqueda perdida e intraducible del alma por sobrevivir. Ciencia poética y ultima que se urgencia en cada arrebato narrativo. Los pasos del gigante, la mente genial, explosiva y peligrosa, las calenturas de la tristeza de un desierto limítrofe  vil y devorador de las más férreas voluntades humanas. El perdido e infructuoso intento de trascender como único valor poético en el desamparo de un ser, su redención, o su eterna reconstrucción, es tal vez la operación estética que deambula en 2666.

Lo inacabado acabado está cuando un hombre muere ¿Quiénes somos para desafiar a la humanidad de la muerte? Sólo sabremos que el origen del mal está en algún punto infinito del desierto que se apodera de los hombres.

2666 es el año cuyo significado la muerte le arrebato a Bolaño. Y a todos nosotros.