LA RUINA INCONCLUSA

Hay ciertas configuraciones  que sólo el tiempo y aquél del espejo delatan. En la vida, el sentido o la carencia de él es estrictamente un asunto de perspectiva interna; pareciera, que con el traducir de los años funciona un poco como el cuerpo: la juventud, tan emotiva y sinrazón, magisterio de estupidez  invencible y perfecta. Toda sensibilidad inconexa o mareo existencial, es pues a la postre, un defecto.

El tiempo calla a gritos en soledad.

Y cuando se supone que estaría todo erigido.

No es ornamento, tan sólo un breve proemio o simple filosofía al viento de lo que antecede al bochorno vivo del intento de justificarse

Sucede que quise volver a vivir, por obra del azar, sabiendo lógicamente, que tal concepto, es sólo un concepto, y que, si quisiera definirlo, el verdadero azar en la vida se parece más al verdadero sentido de ella.

Hay cosas que repercuten, y no son conceptos y he ahí lo que verdaderamente importa.

Volver cuando no se ha terminado nada, cuando ni siquiera, se ha sudado sentimentalmente, es pues obra de un azar inequívoco ¿Puede alguien dejar de respirar ideas?

Pero volvamos.

La vida es maravillosa para desperdiciarla en ambigüedades y en sótanos sociales. Es así que remedan las amuralladas autoayudas y es así que en sus rumiantes parlamentos justifican todo nacimiento. Me declaro consciente de que el ser tiene que creer en algo intangible para asolapar su propia contemplación. Lo sé. Y si la entidad no le es dada, procede a crearla. Esos constructos ilustran la perspectiva metafísica, o su carencia de ella. ¿Quiénes somos para responder al ungimiento? Arguyen. Me gustaría indicarles que entre ellos y yo hay un abismo conductivista enmarañado por el único tejido sensible que el hombre –o la mujer- confecciona en su indagación; marcado por el estado perene de incongruencia practica, este tejido es sabiamente atesorado e inarrebatable. Una presencia que no puede esconderse de ella misma.

Pero soñemos también que la vida asfixia.

Mi intuición espeta que las mentiras culturales no llegan a los sueños. Supongamos que es una protección.

Mi ceguera espiritual me deja inerte y sin orientación en este laberinto de desemejanzas. Te necesito religión, andamios interiores, porque mi cimientos se derrumban al filo de este azar.

Hay una edad meridiana en la que pocos privilegiados gozan de la edad de siempre. Me gustan los privilegios que no acarreen valoraciones porque no he de estar cómodo siendo escrutado. Y ya es suficiente intranquilidad mi oscuridad espiritual.

Hay consejos fáciles como la espiritualidad, la contemplación y el solfeo, el buen día del jardín ZEN. Me anima, pero me separa la coma del  misterio que esconde mi mano ¿Y si no es una mano? Y en los siguientes segundos peco de inerte. Es mi vacio sin preludio de dolor él que sólo podría llenarse –conjeturo- con un excelso misterio con vida propia, o con algún embrujo que me rebele la muerte.

Volvamos a los espejos y a las configuraciones.

Hay amenazas que ningún niño debe escuchar. Castigos infinitos que no deberían tener dedicatoria humana, pues nada infinito es inteligible y no hay nada más ausente que admoniciones,  subsuelos  y etéreos resultados. Hacer del cultivo humano una invectiva es el camino del poder.

Pero hay un decoro sombrío que exhorto: el jardín interno como estética en la dialogicidad. Un escrutinio de las grandes verdades humanas podría significar una nueva biblia, un mecanismo profano y misterioso, revelador de intromisiones propias producto de la más grande geometría del pensar humano.

En fin, una promesa nula. Una grande verdad.

Tenemos un par de situaciones dogmáticas que me son recurrentes: Dios y las leyes. Entre ambas acomodo a todo lo humano.  Y entre ambas extrapolo toda estupidez: la ambivalía del pensamiento.  El pequeño paréntesis de lo humano cambiaria la famosa ecuación, pero ese paréntesis no es una errata, es el fundamento de toda nación.

Como pecador que no pierde la fe juego al azar y bebo el vino.

La edad de siempre es la edad triste del peón que nunca será dueño y pese a todo perderá. Un metabolismo obscuro lo obliga a erigirse en una estética sensual y cerrar todas las puertas meno una. Alguna raridad lo obliga es desdoblarse exponencialmente en ese culto a la realidad que llama ficción. Se abrevia en la inconclusa metáfora del poeta suicida que entrega toda su vida al error de no haberse suicidado.

Volvamos al azar y al fenómeno de mi atención repentina: el perímetro libertario depende que cada caleidoscopio y de aquel tejido sensible e inarrebatable. Somos ser y jaula. Defino a la atención como frontera del alma en donde permean estelas mágicas de un mismo azar, y la uso para agotar cada recodo de inteligencia sensorial en el único propósito humanamente superior: una vida como estética dedicada.

¿Y que de hacer el cuerpo que desperfecciona y el alma que pide compañía imaginaria?

Universos personales. Iconoclastia. No si presuponen de condiciones pretéritas. Para crear tiene que haber vacio, para quebrar tiene que haber. No son más que inferencias circulares comparadas con romper el azar definido y evanescerse.

 

Fortaleza Infinita, CE, Vente do setembro do dois mil doce.