La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Mes: febrero, 2013

Dejame que te cuente

 

A Chabuca, la única.

Déjame que te cuente mujer, como te debo ese algo que me agiganta el existir. A la piedad del puente del rio y la alameda, porque si te encuentro en otros ojos te seguiré, o te veré en mis divagares, o en la sombra de los espejos, en las heridas oscuras o en los ríos de vino y lágrimas.

Oh Cotabambas aurarias! que en tu evoco relucen aun, pretéritas siempre; y que en tus ojos azules cantábricos concentraron  el miedo a esas alturas, obrando en tu mirada alta, descansando en tu asonante canto.

Propia de un espíritu alado y de un alma que se viste para beber.

Oh hidalguía negra de la que aprendiste todo sobre la piel!

Conservadora y revolucionaria de estampa, que te debo ese  jamás imperdonable del quehacer de mi alma.

Hay estética en tu verso simple, verso andante que canta. Te entreveo en el sonido antiguo de mi infancia, con ese profundo ademan que la elegancia poética acaece.

Oh Chabuca que aras el mar  de noche y jamás de día!

 

JUEGO

Inscrita la fascinación por las mujeres  lascivas, y cómo toda peligrosa propensión a la literatura, y al desdoblamiento, planteo el problema de la perturbación del alma:

¿Acaso el habito licencioso no intenta curar el efecto de una causa que jamás debió incitarse? ¿Qué hace el alma cuando se corrompe su intima ilación? ¿Juegan el hombre y la mujer con las mermas de un dios que entendió que el alma y la imaginación transmutan al ser?

En tu proscripción me confieso. Bella y doliente. Trascendente porque en el tesoro del alma nada es circunstancia.

Oh mujer! Inocente relicario cuya única culpa es el juego, no su efecto.

Breve sentido de un hombre cansado

A Borges,

En el ejercicio de su cavilación yace la duda máxima de un hombre cansado.

Su preciado decoro es incansable, y lo cansa.

El sigilo lo revela.

Su abstracción peregrina lo ahoga en el mar de su consciencia.

Su amor por la modificación estética lo abalanza hasta su último afán.

El ultimo afán de los afanes, en ese pliegue del alma en el que cae al desaparecer las ventanas de su cognición.

Canción

Tenía el hombre su canción

Tenía la mujer su nombre

Cada nombre embebía la canción, el alma

Cada estadio febril lo iluminaba

En cada nombre asonante

En cada mujer discordante

El ornamento de la misma canción.