La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Mes: enero, 2013

Los Otros

He ahí mi absurda importancia de querer vivir a los otros, porque entre mis paseos de consciencia entreveo ¿Qué hay detrás de sus azares? ¿Cómo puedo ver sus vigilias?

Sólo verlos en sus propósitos me hace desear ser ellos. Me amplifico en ellos porque los percibo mínimos y quiero ser mínimo.  Quiero salir y regresar sin metafísica en la observancia. Quiero moverme sólo porque estoy sano.

¡Oh los otros!, la otredad que me define es la de sentarse en lo inmediato.

Ojos exteriores e inertes que viven yendo y viniendo. Repositorio de lo vacío en mí.

¡Oh mis queridos otros! ¡Los amo vitrina inanimada del paisaje humano!.

¡Oh los otros!, los amo porque no puedo serlos.

Naufragantes de un mar que algunos grandes y sacros poetas apenas vislumbraron.

¡Oh náufragos de la gran metafísica de mi azar!

¡Oh los otros!, que son más otros porque no conciben ninguna otredad.

De la coherencia de vivir el matrimonio y no creer en él

Intento Socrático

A Armando Robles Godoy

En el ejercicio estético de la evocación hay humana perfección. En ese origen que llamamos pasado, donde intelectuales y afectivos espejos se ponderan, nace el ansia íntima. El deseo, tan inherente a lo imperfecto, acrecienta lo vacuo  y el deseo perpetuo. Todo lo elevado es fútil a la realidad. 

La realidad, tan libre como la muerte, a la que algunos artífices de la videncia espiritual se asomaron a indagarla, instruye sus principios arcanos a demiurgos y ciegos. La realidad encierra un círculo indómito.

Promesas en el corazón de cada hombre refugian su único ámbito existencial. Promesas de un destino ficticio asumen su ironía.

Y es en esta inconexa batalla que el ser  se eleva  sumergiéndose en la pleamar de consciencia.  

Exhortaciones así vindicaron la supremacía de la ilusión sobre la realidad. Coloquio aquel que se estrena en una aparente estupidez,  pero que  evoca inteligencia  en su posibilidad.

No hay perfección sin su sombra, ni realidad que no sufra de alguna utopía.   

Comencemos por precisar que creer en algo es añorar, y que toda añoranza obedece a subjetivas e intelectuales pulsiones de ese íntimo origen que llamamos pasado. El deseo, o la búsqueda, han de  concentrarse en lo carente, o en su defecto, en lo que queremos perpetuar. La realidad, tan libre de creencias o ideales, obedece finamente al palpitar de un inconsciente afectivo, cuando no a una cartografía de percepciones imprecisas que configuran la mente y el alma.

Toda elevada valuación existencial ha de hurgar en el corazón del hombre, acaso motor y nodo entre su espíritu (anhelo) y su alma (sensibilidad), por cuanto esta sublime jurisdicción está libre de todo azar, circunstancias e imposibilidades. Sesgo dictamen seria todo aquel valor humano que resulte de una realidad imperfecta y libre como la desgracia.

Veamos entonces, ¿No es acaso la aparente incoherencia matrimonial el fuego que impulsa los sueños de un hombre que vive y anhela? ¿No ha de ser el ideal una necesaria elevación espiritual para que lo real no ande obscuro e inconsciente? ¿No ha de ser el matrimonio una entera duda que precisa ser vivida, pensada y transformada? ¿No es acaso la rutina un virus matrimonial?

Siendo todo anhelo, una elevación espiritual y por tanto una virtud, y que de esa fisura existencial nace todo lo que humanamente llamamos arte, es pues, esa incoherencia, el ideal que siempre ha de pugnar con la realidad, el ideal de lo perfecto que ha cobijar a la imperfección, el ideal del arte que juega a ser dios con su imperfección.