Sobre algunas preocupaciones morales y el fenómeno de la traición

Una disección_amoral, por Luis Daniel

Vean ustedes en lo que nos hemos convertido: una sociedad que en su confusión se censura. No es alegato, desconocemos la lógica de nuestras pulsiones más íntimas y ya nos editamos. Nos amordazamos en una prudente represión.

En el amor se soslaya un dilema esencial, su sola suscripción garantiza la posibilidad de  un sufrimiento por mínimo que sea. La propia y humana incapacidad de posesión termina poseyendo al amante. El ser ama y por lo tanto sufre, y no hay moral que pueda evitarlo porque el dolor es suscrito y una represión no lo evitará, lo aguantará, o lo trasladará de amante.

Apunto a una ética que, bien encarada en la autenticidad humana, evite el dolor innecesario.

En la inteligencia ocurre un fenómeno parecido, una formación intelectual, después de ciertos estadios prescindirá de toda moral, tanto como una formación moral exhaustiva prescindirá del mínimo intelecto.

En el arte, como ejercicio de una honestidad subjetiva, la moral también va para las sobras. La moral pregona la honestidad como valor supremo del hombre siempre cuando seamos la materialización de lo aceptado. De lo contrario, ella misma tiene serios conflictos con la honestidad. La honestidad y la moral solo conviven cuando ésta última lo permite. Es tan vergonzoso fijar precisiones morales a un determinado arte como la misma censura.

El otro peligro de circunscribir moralmente al arte es convertirlo en propaganda, de dios o de la patria, pero propaganda, sermón divisorio e imperativo que sesga toda percepción de lo otro.

Ahí ya tenemos tres esferas trascendentalmente humanas en conflicto con las conveniencias de algunos teólogos.

Además, políticamente tampoco hemos tenido la dicha de encomiarla. Las preocupaciones morales,  más atentas a lo pecaminoso, humillar las disidencias filosóficas y a disciplinar la recaudación de bienes, convivieron convenientemente con el poder. De ahí que la venta de votos es tan antigua como el senado. Pero además, y muy por el contrario, cualquier habilidad moral podía ser usada para persuadir cualquier expansión de acaudalados intereses religiosos.

Toda ética rebaza a cualquier moral por cuanto aquella aboga por los valores humanos fuera de toda pertenencia y exclusión moral, y porque es  independiente de la cultura, es decir, de la subjetivización histórica de un pueblo.

He de acotar que cualquier conflicto moral, en lo posible, ha de siempre elevarse a un nivel ético, y en esos terrenos, ponderar el peso de los valores humanos sobre cada subjetivización doctrinaria.

Acaece también un asunto más contemporáneo, y más íntimo: ya es tiempo también de revisar ese concepto tan clásico que en el amor denominamos traición. Porque también los teólogos comenzaban diciendo: “Dios ha sido ultrajado”, cuando introducían al disidente. Esa relativización tan imprecisa y ocasional con la que nos sentenciamos de traidores es cuando menos cultural, es decir sin lógica y formativa; y a falta de otra palabra, vivimos traicionándonos de cuerpo, cuando no de alma.  La pertenencia imaginaria, la evolución de la pasión, la insoledad y demás ajustes que nos ministramos en nuestras historias de amor caen ante el juramento de la traición, siendo en distintos casos,  y visiblemente, situaciones que no pasarían de debilidades ocasionales, distracciones, y cuando no, carencias originadas. Apartando que la traición nunca es ocasional ni distraída, sino que obedece a la alevosía y al estado consciente de perpetración, dejemos el traidor vocablo para asuntos menos peregrinos como dios o la patria, y no le demos magna importancia a los hechos que no la tienen porque el amor no es eso.

No nos traicionemos, el ser humano ha de estar siempre encima de sus debilidades y la pasión con la que ama, que ya es su propia debilidad, por encima de las otras.