La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Mes: octubre, 2012

La Verdad Alada

En el menudo registro de nuestra óptica, y no sin agradables sorpresas, descubrimos con fulguración algunas verdades internas. Algo que se escondía en distraída observación, y que con chispa espiritual, nos lleva a alguna comunión circunstancial.

Más que arrebatar a la imaginación y jugar con coloridas y útiles fórmulas sintácticas, clamo por una poesía que asuma más responsabilidad que la imaginativa, una necesidad pertinente de que la realidad, además de ser imaginada, sea pensada. Y no pensada con esa linealidad haragán y vertical de la inmediatez intelectual, sino con el rigor espacial de un universo de sinrazones que se intercalan en cada contorno vívido.

La conjetura poética, la excelsa ironía callada, el asalto y el rebalse sensible, la obligatoriedad de esa enciclopedia simbólica que derrama en lo verbal, representa en mi la verdad alada, la magna alma del verso, que aparece como figura no contorneada sobre etcéteras peregrinos.

Indago a la seriedad poética a calar los nodos más profundos de la repetida comprensión, y a buscar en esas intermediaciones vírgenes delaciones que nos dejen con el alma hacia arriba, como devolviéndole la mirada alada.

Esta verdad alada acrescenta mi paisaje interior.

La Muerte Ciega

La muerte es el paisaje del ciego que nunca miró.

Evocaciones no contorneadas de mis últimas caricias.

El instante anterior a mi realidad.

El hoyo en la tierra donde guardarás mis misivas.

La inmortalidad de mis verdades.

La fuga de las apariencias y

el retorno de mis espectros ambulantes

y de los verbos inefables que me indicaron vivir.

También es tener todo el tiempo de todos los mundos

Para sentirse presencia informe

y en plenitud de no saber estarse.

El Vacío de la Humildad

Sostengo inciertamente que sobre nosotros, pesa un atavismo de amor propio injustificado. Parece que en el común de las consciencias no caben ciertos calificativos coloquiales; y sucede, creo, que en un grupo eventual y más o menos disímil, hay un código (implícito) que más o menos traduzco así: “Se puede calificar a cualquiera, juzgar a cualquiera (ausente) y justificar cualquier hecho con inimaginables razones, pero jamás, jamás, establecer métricas a la ilustración, cultura, intelección y preferencias. De hacerlo, cae un mal sabor, futuras  antipatías, y huellas de mala educación”.

Lo curioso es que estas mismas métricas impías son las primeras luces que resaltan cuando ellos o ellas íntimamente, convienen sus pareceres. Se acepta toda vulgaridad de juicio, siempre y cuando no sobrepase la intimidad o el nivel de ego que colocamos en nuestras preferencias. Las loas son bienvenidas. Puede uno ufanarse de su recetario de logros peregrinos, sus venturas y azares y, hasta cierto límite, gozar de una conveniente admiración, pero atravesado el límite, e iniciada la valorización argumental, peca de pedante. Sépase que este límite rara vez  es atravesado por intelectos mas o menos cultos, pero que de ser el caso, volvemos a las antipatías y al mal sabor que deja la métrica argumentada en primera persona.

No es el caso de sentarse a cenar con sus verdades, tampoco de subrayar lo vulgar, el caso es que tal vacio educativo ha sido colocado debajo de algunas infranqueables máximas en aras del respeto cultural y del entretenimiento. Vacio educativo que bosquejaría bien la humildad y la curiosidad de aventurarse a reelegir estéticas y reacomodarse culturalmente.

Siempre he de sugerir toda valorización estética libre y directa, y hasta revolucionaria, en una atmósfera de humildad ecuménica, humildad que se adquiere a partir de cierto pasado, y se opta como disciplina superior del alma, y que hábilmente desmitificaría las infranqueables tribunas del arte popular y la opinión ilustrada.

 

La Riqueza Interior

La puerta es la que elige, y no el hombre.

                                               BORGES

Una nota, por Luis Daniel

La posibilidad de que la obra visual y escrita, con sus diferentes estéticas y lenguajes, enriquezca la vida de un ser humano es infinita. El cortometraje y la poesía, el largometraje y la novela parecieran alinearse frente a un mismo espejo, a ese pliegue del alma, convenciéndonos de que toda vida, a la mirada interna, puede brillar aun más.

La historia, tan extraordinaria cuanto ajena, y eje de estos paralelos, nos introduce a la posibilidad de encontrar, o de ser encontrados por  puertas que nos llevarán hacia vidas y universos imposibles de cavilar. Torrentes de humanidad como la ficción, que no es sino un  culto a la realidad en donde lectores y cinéfilos, que de inoperantes ante dramas y realidades acechantes, pasan a interiorizar lógicas y emociones limítrofes, vibrando al alma, con un sabor a maestría, a inteligencia, y cierta comunión con una realidad.

La obra visual y escrita se interceptan en lo extraordinario, y ésta, junto con algún sinsentido interno, un pasado solipsista y un presente perpetuo,  forman la pulsión principal que obliga a ciertos señores  a contar  historias, que mas que entretenerse, y entretenernos,  en un par de tajos al alma, nos dicen las grandes verdades humanas.

La aventura, el ideal, la obsesión, el deseo inconcluso, el temor, los sueños, el vacio del arrebato, el alma sensual, voces humanas que junto con la compleja configuración del autor subliman el mundo, su mundo en una magna intelección. Si aceptamos a las experiencias propias como únicas fuentes de conocimiento, las experiencias ajenas, no menos notables, colorean un número mayor de posibilidades a ese conjunto de relaciones y asociaciones que llamamos ideas. La vida que vivimos, la que quisiéramos vivir y las que asimilamos ya triunviran en el alma.

Yo prescribiría, si pudiera, que la riqueza interior es la biblioteca íntima de cada nota al pie de cada obra maestra, y que esa nota íntima, como alterando cada lectura interior, terminan por orientar nuestra atención, nuestra libertad y finalmente nuestro destino.