La Reconstrucción Final del Mundo

Justo antes de morir, que es cuando se comprende todo, es cuando se regresa al principio.

Mes: septiembre, 2012

Felicidad en ti confío

Un auto entrevista acerca de las tres o cuatro cosas que importan (literariamente)

No quiero hacerte daño

No es que no quiera hacerte daño, es sólo que no quiere tener la culpa de ello. Es como cuando nos piden limosna por ejemplo,  no queremos ayudar porque no nos interesa a quien ayudamos, queremos ayudarnos nosotros mismos, a sentirnos mejor ante la miserable realidad. Esa es la verdad: compramos algo de tranquilidad existencial pagando el mínimo indispensable: las sobras; el mezquino atrevimiento del consumo mínimo contra la miseria. No encaramos nuestra mezquindad porque en la mayoría de los casos perderíamos. Sólo atinamos a deshacernos de nuestras sobras porque la miseria nos culpa de tener algo. Y para algunos espíritus excelsos esa culpa no es más que una mancha más. De ahí las generosidades casi siempre falsas, prolongando una injusticia o una desgracia.

Ayuda sólo cuando puedas cambiar algo.

Encarar la miseria humana en toda su complejidad y extensión no sólo es inflexivo, sino intenso e indeleble en el alma,  y en ciertos espíritus superiores se manifiesta en la inacción. Por otro lado, la miseria está, lejos o cerca, está. Y es más un asunto de visión, pues al verla, nos conmueve. No es que haya humanidad o amor, es sólo incomodidad, es decir, no queremos tener la culpa. Pero todos la tenemos, y aún más, sabemos lo que debemos hacer.

Algunos espíritus comienzan férreas empresas para ayudar a la humanidad, otros, se deshacen de lo que les sobra.

Imagina la psiquis que haya visto todas las atrocidades humanas.

Somos lo que vemos.

Regresando, es bastante extraño, que en este efímero nivel de las relaciones humanas, alguien sea tan sincero como para decirte lo que te estoy diciendo: No quiero hacerte daño. Y aún más extraño, que alguien se preocupe sinceramente de lo que te sucede. Y aunque le gustes, su interés no pasará de una incipiente complicidad necesaria  para acercarse a ti. Está más ocupado en lo que le proyectas que en lo que estás sintiendo. Y si te dijo que no quiere hacerte daño, es sólo una advertencia que intenta eximirle de la culpa cuando te haga daño.

Por cierto, tampoco digas -no gracias. No debe agradecerse lo que no se recibe.

Algunos buenos modales que por protocolo, suelen repetirse  en los primeros desencuentros.

Queremos ser felices

Podemos partir por considerarnos seres que únicamente quieren ser felices. Lo que sea que hagamos, para bien o mal, para suerte o desgracia, consciente o inconscientemente, es para ser felices. Este propósito es un tesoro, herencia quizás de espíritus superiores que dejaron, como semillas de sus propias esencias, ésta codiciada conquista. Aunque, más que un tesoro, lo veo como  una facultad en formación, ya que no sólo no lo conseguimos, sino que creamos estructuras que combaten directamente este propósito. Pero ahí no acaba la porfía, hay otro detalle: queremos ser felices y no tener culpa. Este es el mejor plato de fondo. La culpa pondera cualquier pulsión a la felicidad, y de ahí el equilibrio con el que algunos privilegiados enriquecen sus vidas descartando sus culpas infantiles o familiares como capas de piel que deben eliminarse en cada estagio ¹ de la vida.

He ahí el balance : felicidad y culpa. Construimos nuestra propia trampa, caemos, y nos envolvemos más  y más hasta quedarnos atrapados; y todo esto intencionado, con nuestra mejor energía.  Nos empeñamos en ser infelices aunque, como te decía, lo único que nos mueve es el intento de ser feliz. Al menos en propósito. Curiosa sensibilidad humana bastante ilustrada en las relaciones amorosas.

Hay gente que busca ser infeliz pero no de forma consciente. Conscientemente buscan ser felices, mas inconscientemente se auto-flagelan. Son culpas andantes que deambulan en sus propias redenciones. Si vieran sus interiores comenzarían a curarse, pero tampoco quieren hacerlo, temen.

Todos, comenzando por los políticos, los banqueros expoliadores, pasando por los viciados de moda, las diversas tribunas culturales, todos, incluyéndome, queremos ser felices, y para eso hacemos lo que creemos que tenemos que hacer.  No lo logramos en la mayoría de los casos. Ni siquiera por instantes, porque para eso tenemos que escucharnos, escuchar a nuestro inconsciente mudo, y para eso necesitamos aislarnos, lo cual es imposible en este estrépito.

Ya escuche hablar de ese gran tesoro, de esa chispa divina del querer siempre ser feliz hasta en las condiciones más adversas, buscar ese recodo de tranquilidad, de procurar algo de paz. Tal vez sea esto algún instinto que conservamos de un desconocido estado natural que alguna vez fuimos, de una remota santidad.  He ahí porque las religiones más excelsas y antiguas buscan la paz interior.

No somos otra cosa que eso: culpa y felicidad. Desde el mendigo, el santo hasta el presidente de la república.

Ser feliz y culpable ya es una contradicción, puesto que la culpa se adhiere siempre a un efecto dañino.

Pero ahí donde hay una contradicción hay una huella de humanidad.

¿Y los que son felices haciendo infelices a los demás?

No quieren hacer infelices a los demás, sólo quieren demostrarse. Sus estructuras psicológica necesita de la aprobación, del asentamiento, de la complacencia, necesitan verse altos ontológicamente y no dudan en patear todo lo que se interponga; son de una psicológica inmediata y violenta.  Es raro encontrar maldad real. Entrégale a un político la posibilidad de corromperse sin culpa y sin maldad y  lo tomaría de inmediato, lo cual, finalmente dice que su felicidad monetaria siempre fue su pulsión primaria. Su perjuicio es colateral. La mayoría es víctima cultural, no son diferentes a lo que les fue enseñado directa o indirectamente. Ahí vienen las agresivas disculpas de que nuestra naturaleza es violenta y egoísta sin saber que nunca ha sido fácil entender hasta que punto los instintos humanos han sido penetrados por el escenario vital. Quizás los instintos más violentos sean los más vitales, cómo los de protección y sobrevivencia, los que siendo instintos, invalidan cualquier calificativo moral hacia ellos. Ahora, si admitimos que existen ciertos instintos de sobrevivencia, también es cierto que venimos al mundo con chispa divina de la paz, amor y felicidad. Chispa que la mayoría de veces no logra encender nuestra verdadera llama vital.

También en la novela todo comienza por el impulso de ser feliz, tanto de su creador, como sus personajes. Aunque más que impulso creo que nos obsesionamos con eso.

Encuentro que, la mayor volición del mal viene de asesinatos, segregaciones, guerras e injusticias, pero que estos pobres tipos, los políticos, no pueden hacer mucho ni a favor ni en contra. La verdadera maldad no está en la calle ni en la inconsciencia, sino en la fuente de la misma, que está toda pensada para manifestarse en esas crueldades que llamamos sociedad moderna. La peor tiranía, la de los sistemas justos, está en su inhumanidad y poco o nada se puede hacer por cuanto parece ser un sistema maduro. Dudo que sus creadores hayan querido ser felices. Deben haber sido tipos bastante especiales.

Los Estúpidos

Esos también quieren ser felices. Y vaya pasión con la que persiguen tal designio. Estos, a diferencia de los tontos, que por lo general son inofensivos, son peligrosos y poseen facultades y habilidades para ejercer la estupidez en diversos círculos. Quizás, lo que los hace más desgraciadamente inflamables sea la pasión de ayudar a los demás, de sentirse elegidos. Aquí tenemos a la fauna del circo político con sus tribunas culturales, mediáticas y religiosas. Les encanta darse premios entre ellos. Por supuesto que quieren ser felices, de hecho, quieren ser tan felices como su delirio de grandeza y su pasión por ayudar a los demás. Me atrevo a decir que ni siquiera el político –o religioso- más corrupto tendría la alevosía de perpetrar conscientemente todo el daño inconsciente que hace. Están atrapados en sus telas de arañas psicológicas, en sus luchas internas y sus venganzas infantiles; se creen emperadores en el  circo romano que les hemos construido. Dependen definitivamente de todos sus subordinados.

En términos estrictos de autenticidad y de impacto humano prefiero a los criminales.

Criminales

Salvando la inmensa vulgaridad son los únicos seres libres que existen. Y es más, son los únicos que creen en la vida y en un futuro benefactor a sus ideales. Estos tipos no conocen el pesimismo.

Sabrás entenderlo.

Dios

Somos la contradicción de ser sujeto y objeto de estudio. Nuestra incapacidad de Dios es la prolongación de la de nosotros mismos. Somos una consciencia doble que, como dos espejos  frente a frente, se alejan de su propia verdad.

No tenemos sentido. Cuando más lo piensas menos sentido le encuentras. Como dijo Fernando Pessoa: cambiar de religión es perder toda capacidad de religiosidad. Repito, quizás el camino sea volver a esa santidad natural que nos fue arrebatada.

Repito, quizás.

La mala educación

No creas en ningún tipo de educación vendida, ni mucho menos masiva. Estas instituciones bancarias forman monocultivos en todas las mentes de sus clientes. Nos transgenizan culturalmente. Dediquemos nuestras pocas energías vírgenes a cultivar nuestro jardín interior, el cual, al final, será lo único que importe.

Libertad

Esta es cercada por la íntima organización de nuestra voluntad, la cual, es el resultado de nuestra atención periférica que organiza nuestra conducta y es el resultado de un interno labrado emocional que recibimos al crecer. La libertad es mesurable: depende de que tan alto mires.

Podemos ser únicos pero no tan diferentes. Somos tendencias que, aunque habiendo verdaderas psicologías complejas capaces crear universos perfectamente imaginables, no hacemos más que seguir ciertas luces en el camino. Diferentes caminos si quieres, o como diría Bolaño: redundantes, hasta llegar a la redundancia final, a la propia trampa, aquel constructo esculpido de múltiples errores de lectura de esa brújula del alma que es la felicidad.

Y la culpa final: la de querer ser feliz.

Del indigenismo y otras enajenaciones


 

Un punto_de_vista, por Luis Daniel

Una de mis últimas recurrencias es negarme al uso de la palabra indígena. Argumento que no es peyorativo, de hecho parece haber cada vez más respeto en su uso, sino que el asunto es más  histórico: el uso de la palabra indígena está íntimamente relacionado a los lugares donde hubo colonización.

Sólo hay indígenas donde hubo colonización.

Y hoy por hoy, donde hubo colonización hay –o debiera haber- cierta actitud reconstructiva, la cual, pretendiendo reivindicarse con la identidad de los pueblos, no sólo debería homologar, sino eliminar de todo pensamiento separatista, la nomenclatura de los ya diferentes grupos sociales que la componen. Se supone que hay un carácter inclusivo en el uso de tal denominación, pero no olvidar que en el alma histórica de dicha palabra se está prescribiendo detrás de líneas el expolio y la dominación.

En América no hay indígenas, sólo poblaciones originarias, tampoco hay “Descubrimiento de América”, puesto que nadie se descubre y nadie se conquista.

Y si nuestros pueblos originarios, tan avanzados culturalmente y posiblemente más adelantados que sus colonos, aceptan el uso de tal categoría para designarse, están preservando la colonización en su sangre histórica.

 

El Fracaso del Arte

“O fim da arte inferior é agradar, o fim da arte media é elevar, o fim da arte superior é libertar.”

FERNANDO PESSOA

Una  promesa, por Luis Daniel

Como todo fracaso, éste también ha de fracasar.

Una de las definiciones más triviales del arte, la de elevar la condición humana, no liberarla, que es más de artistas, sino de enriquecerla, de humanizarla ha perdido la batalla. Las visiones, pasiones, vivencias, pensamientos, lógicas internas, emociones, filosofías y psicologías  transforman las  vidas de los lectores  y se convierten en lo llamamos cultura. Pero para esto, el arte ha de ser humanamente verdadero, visceral, inclusive en la ficción; ha de obedecer a la más estricta realidad y a los más ominosos códigos humanos que nos definen; ha de ser amoral.

Pero el arte ha perdido. Y no en igualdad de condiciones, pues le han ganado las dispersiones, la inmediatez y las distracciones y todos las demás omisiones de las que se valen los grandes mercaderes de la atención que, con sus engañosos anzuelos volitivos, nos alejan de una vida digna, y valga la redundancia, (y ahora más que nunca) humana.

No hay ni siquiera la más mínima igualdad de condiciones en las que el individuo pueda escoger su más mínimo beneficio, pues frente al mercado, este se las ingenia para sembrar  necesidades disfrazadas. Sus artificios contra-inteligentes, por cuanto esquivan la misma inteligencia del individuo, y sus disciplinas ocultas e hilo transparentes han controlado casi por completo las voluntades de los hombres.

Ganó lo inmediato, lo vital, lo efímero.

Pero el arte verdadero jamás ha sido una moda, y estará siempre vigente ante lo efímero y pasajero. Hay artes que como la literatura, jamás necesitaran de museos, pues un clásico será siempre un clásico, y ahí estarán las grandes verdades humanas. Lo otro, lo pasajero, caduca, como todo lo inmediato. Tienen la caducidad inserta en su propósito.

Pero atrás de esa bruma habrán siempre hambrientos de algún absoluto, caníbales de la verdad; y ante esta humanidad superlativa y urgente, volverá entonces aquel viejecillo que alimenta a las palomas, aquella mirada interior que sin saber nada de nada, sabe todo.

Y entonces reinará la verdad.

 

 

 

 

 

A lo Bernard Shaw

 

Una opinión totalmente_cuestionable por: Luis Daniel

-Cuando un hombre sacrifica algo, debe ser algo valioso, lo más hermoso, debe haber cierta estética en el desprendimiento.

-Después del Holocausto sobrevivirán los más astutos, los mas egoístas y despiadados, ¿Acaso esta es la prueba de fe de nuestro Dios? ¿Acaso así se construirá un mundo mejor? ¿Acaso Hitler trabaja para Dios?.

-Nuestro Dios no es bueno, nunca lo fue, sólo estuvo de nuestro lado.

Algunas frases de las disidencias más cultas en la película God on Trial (2008)

Están en Auschwitz, doctores, físicos, juristas y teólogos judíos, todos ellos en las más miserables condiciones, preparándose para morir. Allí, unidos por su raza y religión, emprenden un juicio a su Dios, Yahvé. Fuera de toda crítica o juicio de valor, se trata de un pueblo nación, uno de los más antiguos etnonacionalismos que, independientemente de ser un país, hace milenios que son una nación, y que en los momentos más difíciles se atrevieron cuestionar a su Dios. Como el mismo Jesús cuestionó.

Nosotros, Lima, 2012, un pequeño país sin vislumbres ni perspectivas de nación por ahora. Todas las razas, las culturas, religiones y los pensamientos se han entremezclado en esta joven nación sudamericana que aun  menoscaba su identidad: no sé lo que somos: una inkacola, un gol de Guerrero, un cebiche, un pisco, el oro de los Incas.

Cualquier cosa antes de ser una marca.  Ahora sabemos de dónde vino ese concepto de Marca Perú: de una mente corporativa. Pero hay un detalle: los países no son marcas, o por lo menos aun no.

Las naciones se forman de proyectos nacionalistas. Proyectos que tomaran tiempo y deben ser continuados, y que entre otras cuestiones deberán erigirse sobre dos pilares: identidad y cohesión. Identidad, ¿Qué soy y de donde vengo? ¿Cuándo me siento orgulloso de ser peruano? ¿Puede un recurso natural o un patrimonio geográfico darme más orgullo que una conquista social o un destaque cultural de mi país?.

La cohesión se construye con la inclusión de realidades diferentes.

Pero no nos engañemos, la imagen que quieren construirnos está basada, a lo sumo, en la riqueza gastronómica y el folklor, siendo este, no solo más artístico que aquel, sino que culturalmente es el mejor vehículo de cohesión. Folklor que no se practica o no se promueve como debería y –lo peor- no se sabe cómo vivirlo, porque hasta un limeño se siente extranjero en su propio país. Se supone que esta es la identidad: comida, folklore y tal vez algo de cultura, en ese orden. El mercado impone las prioridades. Aun más, nuestra imagen internacional es pura mercadería turística: una familia con típicos trajes de la sierra, o de la selva, comida, música, y sobre todo servicio.

Ellos, los judíos, el pueblo escogido: raza, historia milenaria y religión. Nosotros, comida, folklor y algo de herencia cultural. Son sólo ciertas perspectivas para ubicar nuestras debilidades.

Pero tenemos fracturas, entre nosotros no somos iguales, ni en la ley ni en lo colectivo. Hay abismos culturales. Y esto es más o menos genérico en naciones tercermundistas como la nuestra, pero de ahí, a la exclusión violenta con la que Lima menosprecia a los protagonistas de los conflictos mineros ya es el paroxismo del desdén y la ignorancia limeña.

Lima defendiendo al interés del foráneo. Se me viene una cita de Bernard Shaw: <<El norteamericano blanco relega al negro la condición de limpiabotas, y de ellos deduce que sólo sirve para limpiar botas>>. La cita puede muy bien ubicarse en el nuestro país. El error tal vez sea semántico –ojalá-, producto de la traducción del verbo “to be”, que significa en ser y estar al mismo tiempo en inglés. Porque no es lo mismo estar en una condición inferior que ser inferior, obvio, sin embargo parece que esta imprecisión lingüística está bien arraigada en el pensamiento limeño.

Les diré lo que somos: somos unos seres que aún no somos, que aspiramos a ser. Como el verbo “to be”, estamos, pero queremos ser. En cambio ellos, los relegados, los violentistas, los agitadores, simplemente son, ellos sólo quieren liberarse de la opresión. Nosotros en cambio, ni oprimidos ni opresores, sólo anhelando el modelo establecido: un oprimido que aparenta opresor, o lo que es peor, indiferentes. Y les diré más: hay un interés flagrante en que esto sea así: en que aspiremos a lo que nunca podremos ser (o lo que conseguiremos a un precio demasiado caro), es decir, a vivir en una eterna imaginación inalcanzable del agente invasor.

¿Tendremos que llegar a penosas condiciones para cuestionar a nuestros propios paradigmas, a nuestros propios avatares de la opinión ilustrada?.

En la película God on Trial, la intención alemana era degradar al pueblo judío en los campos de concentración para mostrarlos como gente enferma, sucia, avara, indigna, animales que no merecen vivir. Exactamente como la propaganda alemana de esos tiempos pregonaba. Así era creíble, a lo Bernard Shaw.

 

Querido Diarista (o Periodista)

Querido diarista (o periodista) :

Ese dialecto impersonal, como enlazando las palabras segundos antes de decirlas te delata. La repetida y pobre prosodia suena a nadie, porque nadie habla así. No sólo no hablas como un ser humano, sino que te alejas de la poesía. Lo que es mucho peor. ¿Por qué te ahorras la poca estética y el buen humor de un dialogo simple, de las palabras bien puestas y capaces de todo?.

 

La Fórmula Peruana

 

Un ejercicio de crítica con algo de esperanza, por Luis Daniel

La fórmula peruana es, en resumen, una pirámide, como casi todas. En la cúspide, un minúsculo grupo dicta su verticalidad en todos los demás sectores. Más abajo, un grupo poco mayor, se vuelven  los ejecutores de los primeros. Después viene el alimento laboral (1), que acosta de mucho, no sólo anhelan todo lo que viene desde arriba, sino que, se vuelven los eternos defensores de la fórmula; son instintivos. Mas abajo están los emergentes, los emprendedores, los que quieren salir de donde están, son los que no se conforman pero en realidad son los que más se conforman; hipotecaron todo lo que podrían tener para parecerse –y sólo parecerse-  a su jerarquía. Después vienen las bases,  la inmensa mayoría que hace lo que puede, no se asoman –y nadie quiere que se asomen- de sus peripecias vitales. Sorpresivamente vienen desafiando todo rigor académico y se vuelven generadores de su propia cultura. Son los autores de esa estética marginal que ocupa toda la página cultural peruana.

Esta es la única fórmula que se ensayado y que se ha permitido: la típica pirámide neoliberal, solo que más pobre y ciega. Es la opinión ilustrada que sólo proyecta fracasos de lo otro, porque lo otro, siempre ha sido trunco y errático. Esto otro, lo nacional, lo alternativo, aunque sea en el terreno de la ideas, está vetado, las utopías de las justicias sociales deben de estar siempre resignadas. Las nacionalizaciones nunca funcionaron y nunca funcionaran. No están en discusión, es más, no están ni siquiera en los perímetros de la atención crítica. Pregonarlas es ser radical porque toda justicia debiera ser siempre radical.

Está bien, es el universo histórico. Hemos fracasado.

Entonces dejemos que los mercaderes hagan su trabajo, que traigan las monedas pero que dejen un poco para los demás. Porque cuando las masas consigan cierto decoro humano, obedecerán a aquella máxima capitalista indiscutible, la del crecimiento infinito, y buscaran sus nuevas conquistas sociales: permeabilizarán su democracia, exigirán calidad educativa y una cultura al alcance de todos, por decir algunos ejemplos. Su madurez social, producto de una adolescencia popular más o menos satisfecha, será el mejor regalo del mercado.

Dejemos que la derecha haga su trabajo y que una izquierda capaz lo siga.

(1) Este es el buen burgués, el defensor de lo conocido, el que no da ni pide más a la vida. (Ortega y Gasset).