Sin la muerte no hay arte

Armando y su hija Marcela


Una reflexión a_propósito de Armando, por Luis Daniel

Para comenzar, no creo que Armando esté descansando en paz. Le obsesionaba su muerte. No la muerte, sino su muerte. Agnóstico, espiritual, exégeta, artista, sostenía que ese constructo católico-cristiano llamado cielo no obedecía a ninguna acepción de vida tal como la conocemos, sino que muy por el contrario, en el cielo, estás ante otra cosa. En mi opinión estaríamos ante un fenómeno estupefaciente, una alucinación, un lugar en que la ausencia de la muerte se aparta de todo lo humanamente bello. Una epifanía alucinógena. Un teatro sin drama al cual nos presentaremos sin saber para qué. La muerte como principio y final, es pues la causa de todo el drama humano, de su efemeridad, de su angustia existencial y de todo su arte. El hombre – y la mujer obviamente- con todos los asuntos resueltos, jamás denunciaría al alma, jamás le gritaría al Dios.

El pobre hombre -y esta vez sólo él- indeciso entre la virtud y el placer creó sistemas antropo-centristas, dogmas y por supuesto, religiones, olvidando la propia contemplación de la muerte. Ante ese vacío y, como saliendo del paso, creó los cielos y los infiernos. El arte nacía como un lenguaje propio entre la ilimitada consciencia y la inminente muerte, la imaginación eterna y el fin del mundo de cada ser humano.

El arte compilaba todo el saber humano integrando la razón y  la técnica, con la metafísica y la angustia del alma. Ideal desarrollo para espíritus superiores y sedientos.

Ante la contemplación de su propia muerte el artista se realizaba en su propio conflicto.

-Dios soy yo. Y más que eso, Dios no puede cambiar de religión, yo sí. Dios no puede suicidarse, yo sí.- Acuciantes palabras de Armando.

Al otro lado del mundo y en el siglo VIII y IX Han Yu (1) propugnaba que el silencio, el sosiego, el estado natural las cosas era interrumpido, tanto en la naturaleza, como en los hombres. De esta forma, si el hombre habla es porque no puede contenerse, si se emociona canta, si sufre se lamenta. Todo lo que expresa es una ruptura de su equilibrio.

Agregando, todo el arte no es mas que la expresión que rompe el equilibrio del hombre, de su estado natural, su silencio, su sosiego, su contemplación. La gran “Perturbación”, al mismo tiempo escoje a los hombres mas sensibles para expresarse, nace la poesía como una suave brisa, o el lamento como un trueno de indignación, tanto así como el cielo o el mar nos ensañan con sus perturbaciones.

Pasado el temporal, el hombre calla, no porque no tenga nada que decir, sino porque no sabe como decirlo. Calla, pero el pensamiento nunca calla. Porque el verdadero silencio, esa nada -que no es lo mismo que nada que decir-, es anterior al silencio, es el verdadero estado de sosiego al cual debemos volver.

(1) Chuang Tzu – Octavio Paz. Biblioteca de Ensayo Ciruela May. 1998.